• Carolina Quiroga-Stultz

44 - Latinoamérica Fantástica


¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse! El nicaragüense Rubén Darío relata la historia del doctor Z quien cuenta un acontecimiento que desafía todo conocimiento científico, la historia de una joven para quien el tiempo literalmente se detuvo.


En el comentario hablamos sobre extraños casos donde el tiempo se ha detenido para algunas personas, explicamos el propósito del género de fantasía en Latinoamérica y cómo se diferencia del Realismo Mágico, y concluimos revisando la vida del autor de hoy.



Primer poema


EHUE [1907]


Aquí, junto al mar latino,

digo la verdad:

Siento en roca, aceite y vino

yo mi antigüedad.


¡Oh, qué anciano soy, Dios santo,

oh, qué anciano soy! . . .

¿De dónde viene mi canto?

Y yo, ¿adónde voy?


El conocerme a mí mismo

ya me va costando

muchos momentos de abismo

y el cómo y el cuándo . . .


Y esta claridad latina,

¿de qué me sirvió

a la entrada de la mina

del yo y el no yo? . . .


Nefelibata contento,

creo interpretar

las confidencias del viento,

la tierra y el mar . . .


Unas vagas confidencias

del ser y el no ser,

y fragmentos de conciencias

de ahora y ayer.


Como en medio de un desierto

me puse a clamar;

y miré el sol como muerto

y me eché a llorar.


(Dario, Ruben. Selected Writings. Penguin Publishing Group. Kindle Edition.)


Bienvenida


¡Hola! ¡Hola! Estimados y estimadas oyentes de Tres Cuentos, el podcast bilingüe dedicado a las narrativas literarias, históricas y tradicionales de Latino América. Yo soy Carolina Quiroga-Stultz, y hoy hemos traído de regreso a un conocido del programa, el escritor nicaragüense Rubén Darío.


El poema inicial escrito por Rubén Darío “Eheu” fue publicado en el libro El canto de errante, en 1907.

*

Curiosamente, han pasado dos años desde que publicamos el cuento "El Rubí" de Rubén Darío. Antes de eso habíamos dedicado el programa a mitos y leyendas. Con los cuentos "El Rubí", "La bella alma de Don Damián" del dominicano Juan Bosch y "San Antoñito" del colombiano Tomás Carrasquilla, fue que Tres Cuentos tomó otra dirección, e inauguramos la primera temporada dedicada a la literatura latinoamericana.


Ahora bien, esa no es la única razón para traer de nuevo a Rubén Darío al programa. Sucede que el cuento que presentamos hoy, "El caso de la señorita Amelia", es considerado una historia de fantasía.


Este cuento fue publicado originalmente en el diario argentino "La Nación", en 1894 y posteriormente reeditado e incluido en la antología Prosas Profanas en 1896.


Por otra parte, les animo a que se subscriban a nuestra lista de correos a través de nuestra página web www.trescuentos.com. Además de recibir nuestro boletín también se enteran de otras noticias, como por ejemplo que la semana anterior participe en el podcast en inglés AFAR, travel tales, cuentos de viajes, donde conté una versión muy resumida de mi viaje a los Estados Unidos. Aquellos que ya están subscritos les llegará un enlace a dicho episodio.


Bueno es hora de contarles el cuento de hoy. Un caballero ya entrado en años, llamado el Doctor Z, cuenta una historia que explica por qué no está de acuerdo con la frase "¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse”! El viejo relata un acontecimiento que desafía todo conocimiento científico, la historia de una joven que conoció en su juventud para quien el tiempo literalmente se detuvo.

El caso de la señorita Amelia

Por Ruben Dario

Leido por CQS




Que el doctor Z es ilustre, elocuente, conquistador; que su voz es profunda y vibrante al mismo tiempo, y su gesto avasallador y misterioso, sobre todo después de la publicación de su obra sobre “La plástica de ensueño”, quizá podríais negármelo o aceptármelo con restricción; pero que su calva es única, insigne, hermosa, solemne, lírica si gustáis, ¡oh, eso nunca, estoy seguro!


¿Cómo negaríais la luz del sol, el aroma de las rosas y las propiedades narcóticas de ciertos versos? Pues bien; esta noche pasada, poco después que saludamos el toque de las doce con una salva de doce taponazos del más legítimo Roederer, en el precioso comedor rococó de ese sibarita de judío que se llama Lowensteinger, la calva del doctor alzaba, aureolada de orgullo, su bruñido orbe de marfil, sobre el cual, por un capricho de la luz, se veían sobre el cristal de un espejo las llamas de dos bujías que formaban, no sé cómo, algo así como los cuernos luminosos de Moisés.


El doctor enderezaba hacia mí sus grandes gestos y sus sabias palabras. Yo había soltado de mis labios, casi siempre silenciosos, una frase banal cualquiera. Por ejemplo, ésta: «¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!». La mirada que el doctor me dirigió y la clase de sonrisa que decoró su boca después de oír mi exclamación, confieso que hubiera turbado a cualquiera.


-Caballero -me dijo saboreando el champaña-; si yo no estuviese completamente desilusionado de la juventud; si no supiese que todos los que hoy empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del alma, sin fe, sin entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro; que no sois sino máscaras de vida, nada más... sí, si no supiese eso, si viese en vos algo más que un hombre joven de fin de siglo, os diría que esa frase que acabáis de pronunciar: «¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!», tiene en mí la respuesta más satisfactoria.


-¡Pero Doctor!


-Sí, os repito que vuestro escepticismo me impide hablar, como hubiera hecho en otra ocasión.


-Creo -contesté con voz firme y serena- en Dios y su Iglesia. Creo en los milagros. Creo en lo sobrenatural.


-En ese caso, voy a contaros algo que os hará sonreír. Mi narración espero que os hará pensar.


En el comedor habíamos quedado cuatro convidados, además de Minna, la hija del dueño de la casa: el periodista Riquet, el abate Pureau, recién enviado por Hirch, el doctor y yo. A lo lejos oíamos en la alegría de los salones la palabrería usual de la hora primera del año nuevo: Happy New Year! Happy New Year! ¡Feliz Año Nuevo!


El doctor continuó:


-¿Quién es el sabio que se atreve a decir esto es así? Nada se sabe. Ignoramus et ignorabimus. ¿Quién conoce a punto fijo la noción del tiempo? ¿Quién sabe con seguridad lo que es el espacio? Va la ciencia a tanteo, caminando como una ciega, y juzga a veces que ha vencido cuando logra advertir un vago reflejo de la luz verdadera. Nadie ha podido desprender de su círculo uniforme la culebra simbólica. Desde el tres veces más grande, el Hermes, hasta nuestros días, la mano humana ha podido apenas alzar una línea del manto que cubre la eterna Isis. Nada ha logrado saberse con absoluta seguridad en las tres grandes expresiones de la Naturaleza: hechos, leyes, principios. Yo, que he intentado profundizar en el inmenso campo del misterio, he perdido casi todas mis ilusiones.


Yo, que he sido llamado sabio en Academias ilustres y libros voluminosos; yo, que he consagrado toda mi vida al estudio de la humanidad, sus orígenes y sus fines; yo, que he penetrado en la cábala, en el ocultismo y en la teosofía, que he pasado del plano material del sabio al plano astral del mágico y al plano espiritual del mago, que sé cómo obraba Apolonio el Tianense y Paracelso, y que he ayudado en su laboratorio, en nuestros días, al inglés Crookes; yo que ahondé en el Karma búdico y en el misticismo cristiano, y sé al mismo tiempo la ciencia desconocida de los faquires y la teología de los sacerdotes romanos, yo os digo que no hemos visto los sabios ni un solo rayo de la luz suprema, y que la inmensidad y la eternidad del misterio forman la única y pavorosa verdad.


Y dirigiéndose a mí dijo:


-¿Sabéis cuáles son los principios del hombre? Grupa, jiba, linga, sharira, kama, rupa, manas, buddhi, atma, es decir: el cuerpo, la fuerza vital, el cuerpo astral, el alma animal, el alma humana, la fuerza espiritual y la esencia espiritual...


Viendo a Minna poner una cara un tanto desolada, me atreví a interrumpir al doctor:

-Me parece que ibais a demostrarnos que el tiempo...


-Y bien, puesto que no os placen las disertaciones por prólogo, vamos al cuento que debo contaros, y es el siguiente:

*

-Hace veintitrés años, conocí en Buen os Aires a la familia Revall, cuyo fundador, un excelente caballero francés, ejerció un cargo consular en tiempo de Rosas. Nuestras casas eran vecinas, era yo joven y entusiasta, y las tres señoritas Revall hubieran podido hacer competencia a las tres Gracias. De más está decir que muy pocas chispas fueron necesarias para encender una hoguera de amor...


Amooor, pronunciaba el sabio obeso, con el pulgar de la diestra metido en la bolsa del chaleco, y tamborileando sobre su potente abdomen con los dedos ágiles y regordetes, y continuó:


-Puedo confesar francamente que no tenía predilección por ninguna, y que Luz, Josefina y Amelia ocupaban en mi corazón el mismo lugar. El mismo, tal vez no; pues los ardientes ojos de Amelia, su alegre y roja risa, su picardía infantil… diré que era ella mi preferida. Era la menor; tenía doce años apenas, y yo ya había pasado de los treinta. Por tal motivo, y por ser la chicuela de carácter travieso y jovial, tratábala yo como niña que era, y entre las otras dos repartía mis miradas incendiarias, mis suspiros, mis apretones de manos y hasta mis serias promesas de matrimonio, en una, os lo confieso, atroz y culpable bigamia de pasión. ¡Pero la chiquilla, Amelia!... Sucedía que, cuando yo llegaba a la casa, era ella quien primero corría a recibirme, llena de sonrisas y zalamerías: «¿Y mis bombones?».


He aquí la pregunta sacramental. Yo me sentaba regocijado, después de mis correctos saludos, y colmaba las manos de la niña de ricos caramelos de rosas y de deliciosas grajeas de chocolate, los cuales, ella, a plena boca, saboreaba con una sonora música palatinal, lingual y dental. El porqué de mi apego hacia aquella muchachita de vestido a media pierna y de ojos lindos, no os lo podré explicar; pero es el caso que, cuando por causa de mis estudios tuve que dejar Buenos Aires, fingí alguna emoción al despedirme de Luz, que me miraba con anchos ojos doloridos y sentimentales; di un falso apretón de manos a Josefina, que tenía entre los dientes, por no llorar, un pañuelo de batista, y en la frente de Amelia incrusté un beso, el más puro y el más encendido, el más casto y el más ardiente, ¡qué sé yo!, de todos los que he dado en mi vida.


Y salí en un barco para Calcuta, ni más ni menos que como vuestro querido y admirado general Mansilla cuando se fue a Oriente, lleno de juventud y de sonoras y flamantes esterlinas de oro. Iba yo, sediento ya de las ciencias ocultas, a estudiar entre los mahatmas de la India lo que la pobre ciencia occidental no puede enseñarnos todavía. La amistad epistolar que mantenía con madame Blavatsky habíame abierto ancho campo en el país de los faquires, y más de un gurú que conocía mi sed de saber se encontraba dispuesto a conducirme por buen camino a la fuente sagrada de la verdad. Fui, ¡ay!, en busca de la verdad, y si es cierto que mis labios creyeron saciarse en sus frescas aguas diamantinas, mi sed no se pudo aplacar. Busqué, busqué con tesón lo que mis ojos ansiaban contemplar, el Keherpas de Zoroastro, el Kalep persa, el Kovei-Khan de la filosofía india, el arcano de Paracelso, el limbuz de Swedemborg; oí la palabra de los monjes budistas en medio de las florestas del Tíbet; estudié las diez sephiroth de la cábala, desde el que simboliza el espacio sin límites hasta el que, llamado Malkuth, encierra el principio de la vida. Estudié el espíritu, el aire, el agua, el fuego, la altura, la profundidad, el Oriente, el Occidente, el Norte y el Mediodía; y llegué casi a comprender y aun a conocer íntimamente a Satán, Lucifer, Ashtarot, Beelzebutt, Asmodeo, Belphe-gor, Mabema, Lilith, Adrameleh y Baal. En mis ansias de comprensión, en mi insaciable deseo de sabiduría, cuando juzgaba haber llegado al logro de mis ambiciones, encontraba los signos de mi debilidad y las manifestaciones de mi pobreza, y estas ideas, Dios, el espacio, el tiempo, formaban la más impenetrable bruma delante de mis pupilas... Viajé por Asia, África, Europa y América. Ayudé al coronel Olcott a fundar la rama teosófica de Nueva York. Y a todo esto -de súbito el doctor, mirando fijamente a la rubia Minna- ¿sabéis lo que es la ciencia y la inmortalidad de todo? ¡Un par de ojos azules...o negros!


-¿Y el fin del cuento? -gimió dulcemente la señorita.


El doctor, más serio que nunca, dijo:


-Juro, señores, que lo que estoy refiriendo es de una absoluta verdad. ¿El fin del cuento? Hace apenas una semana he vuelto a la Argentina, después de veintitrés años de ausencia. He vuelto gordo, bastante gordo, y calvo como una rodilla; pero en mi corazón he mantenido ardiente el fuego del amor, la vestal de los solterones. Y, por tanto, lo primero que hice fue indagar el paradero de la familia Revall. «¡Los Revall -me dijeron-, las del caso de Amelia Revall!», y estas palabras acompañadas con una especial sonrisa. Llegué a sospechar que la pobre Amelia, la pobre chiquilla... Y buscando, buscando, di con la casa. Al entrar, fui recibido por un criado negro y viejo, que llevó mi tarjeta y me hizo pasar a una sala donde todo tenía un vago tinte de tristeza. En las paredes, los espejos estaban cubiertos con velos de luto, y dos grandes retratos, en los cuales reconocí a las dos hermanas mayores, se miraban melancólicos y oscuros sobre el piano. A poco, Luz y Josefina: «¡Oh, amigo mío; oh, ¡amigo mío!». Nada más. Luego, una conversación llena de reticencias y de timideces, de palabras entrecortadas y de sonrisas de inteligencia tristes, muy tristes. Por todo lo que logré entender, vine a quedar en que ambas no se habían casado. En cuanto a Amelia, no me atreví a preguntar nada... Quizá mi pregunta llegaría a aquellos pobres seres, como una amarga ironía, a recordar tal vez una irremediable desgracia y una deshonra... En esto vi llegar saltando a una niñita, cuyo cuerpo y rostro eran iguales en todo a los de mi pobre Amelia. Se dirigió a mí y con su misma voz exclamó: «¿Y mis bombones?». Yo no hallé qué decir.


Las dos hermanas se miraban pálidas, pálidas, y movían la cabeza desoladamente.

Mascullando una despedida y haciendo una zurda genuflexión, salí a la calle, como perseguido por algún soplo extraño. Luego lo he sabido todo. La niña que yo creía fruto de un amor culpable es Amelia, la misma que yo dejé hace veintitrés años, la cual se ha quedado en la infancia, ha contenido su carrera vital. Se ha detenido para ella el reloj del Tiempo, en una hora señalada, ¡quién sabe con qué designio del desconocido Dios!

El doctor Z era en este momento todo calvo...


FIN




Comentario


Muy bien, revisemos la hora en los teléfonos o relojes, y asegurémonos de que mientras escuchábamos el cuento "El extraño caso de la señorita Amelia", el tiempo no se detuvo.

Ahora, recuerdo ese viejo dicho "ten cuidado con lo que deseas". Cuántas veces hemos deseado algo sin prestarle mucha atención y, cuando finalmente sucede, no es lo que esperábamos. Todo lo que tengo que decir es que las palabras tienen poder, para bien o para mal.


Curiosamente se me ocurrió buscar si era posible que alguien se quedara estancado en el tiempo, y al parecer es posible.


El 19 de julio del 2009, ABC News publicó un artículo titulado "Doctors Baffled, Intrigued by Girl Who Doesn’t Age, " (Doctores desconcertados, intrigados por una niña que no envejece).

El artículo escrito por Bob Brown nos dice "Brooke no ha envejecido en el sentido convencional. El Dr. Richard Walker, de la Facultad de Medicina de la Universidad del Sur de Florida, en Tampa, dice que el cuerpo de Brooke no se está desarrollando como una unidad coordinada, sino como partes independientes que no están sincronizadas. Nunca le han diagnosticado ningún síndrome genético o anomalía cromosómica conocida que ayude a explicar el motivo. […] Por ejemplo, Brooke todavía tiene dientes de leche a los 16 años. Y su edad ósea se estima en más de 10 años. […] Brooke pesa 16 libras y mide 30 pulgadas de alto. No habla, pero se ríe cuando está feliz y reconoce claramente a las personas que la rodean. Tiene tres hermanas: Emily, 22; Caitlin, 19; y Carly, 13. Las tres son brillantes, activas y de tamaño y desarrollo normales. Dicen que Brooke tiene formas de expresarse como la adolescente que es. Y aunque parece una niña de 6 meses, tiene la personalidad de una joven de 16 años."


Bueno hay tenemos a una chica que se parece bastante a la Amelia del Dr. Z.


Ahora viajemos de Baltimore en los EU donde Brooke vivía, y vamos al otro lado del mundo a Korea del Sur. En el artículo "Conoce al hombre de 26 años que nunca creció" publicado el 22 de junio del 2015 en la web inglesa Metro, nos hablan de un joven que aun parece tener tan solo 10 años.


La periodista Alison Lynch nos dice que "Shin, mide solo 163 cm de altura (5 pies 4 pulgadas) y todavía tiene la piel suave como un bebé, y su carné de identificación dice que nació en 1989. Shin dice que su cuerpo aún no ha llegado a la pubertad, porque sufre de una rara enfermedad conocida como el Síndrome de los Highlander. Aparentemente, dicha condición ha hecho que su cuerpo envejezca a un ritmo muy lento, casi imperceptible".


Digo yo que cuesta a veces creer este tipo de cosas, pero en el mundo hay todo tipo de rarezas que la ciencia y la medicina todavía están por resolver.


Como dijo Rubén Dario en el cuento "Va la ciencia a tanteo, caminando como una ciega, y juzga a veces que ha vencido cuando logra advertir un vago reflejo de la luz verdadera".

Ahora estoy segura de que más de un científico obsesionado con la eterna juventud ya debe haber sometido a Brooke y a Shin a más de un examen, para ver si la anormalidad de sus genes o tipo de sangre desaceleran le envejecimiento y por fin somos jóvenes por siempre.

Esto me recuerda a los circos antiguos donde este tipo de condiciones o síndromes era conocido como monstruos o fenómenos, y eran explotados para satisfacer la curiosidad de aquellos que se creían muy normales. Les dejaré en la transcripción los enlaces a los dos artículos y a otro muy interesante que encontré acerca de los llamados "freaks" que exponían en los circos antiguos.


*


Antes de contarles más sobre lo que es la fantasía, y comentarles un poco más acerca de la vida de Rubén Darío, quiero pedirles un favor muy grande.


Si les gusta el programa, además de compartirlo con sus amistades, por favor consideren darnos un buen review o dejarnos un comentario positivo en las aplicaciones por donde escuchas a Tres Cuentos, eso nos ayuda a crecer.


Además, como les comenté al principio del programa, la semana pasada participe en el podcast en inglés AFAR, travel tales, donde conté una versión muy resumida de mi viaje a Estados Unidos. Entonces, dejaré el enlace a ese episodio en las transcripciones. Pero para aquellos que reciben nuestro boletín, allí encontrarán el enlace también.


*



Continuando con el tema de hoy, en el prólogo del libro Antología del Cuento Fantástico Hispanoamericano, Oscar Hahn nos cuenta que la fantasía hispanoamericana comenzó a mediados del siglo XIX. Uno de sus primeros exponentes fue el escritor ecuatoriano Juan Montalvo con su cuento "Gaspar Blondín", publicado en 1858. El estilo de la historia refleja la corriente literaria del romanticismo. Describe un ambiente sombrío, donde el personaje principal está vinculado a un inframundo y una vida demoníaca con toques de erotismo.

Hahn continúa diciendo que la búsqueda deliberada de lo que era fantástico o maravilloso fue impulsada por los escritores modernistas a finales del siglo XIX y principios del XX y por sus seguidores. En esta búsqueda de lo maravilloso, se sobrevaloraron la fantasía y se elogiaba los frutos de la imaginación.


Por ejemplo, durante el siglo XIX, estaban fascinados con las ciencias ocultas y muchos demostraron un vivo interés en las doctrinas provenientes de lo que antes era llamado El Oriente, hoy día Asia. Si se les antoja refrescar la memoria, pueden consultar el episodio 35, "El secreto de Bonzo" de Machado de Assis. En los comentarios de dicho episodio, hablamos del espiritismo y otras prácticas bastante comunes en el siglo XIX.


Finalmente, antes de que alguien confunda la Fantasía con el Realismo Mágico, permítanme aclarar que no son lo mismo. Según el autor brasileño Irlemar Chiampi, el objetivo de la fantasía es causar en el lector una reacción física: una preocupación o miedo, es decir, plantar la semilla de la duda. En contraste, el Realismo Mágico provoca un efecto de encantamiento. Dentro del Realismo Mágico, no hay duda, no hay miedo; en cambio, todas las maravillas son ingredientes naturales de la realidad.


*


Sin más preámbulos es hora de hablar de nuestro querido autor nicaragüense. Sin embargo, antes quiero agradecer a Esther Evelyn Bastidas, quien nos ayudó a escribir esta corta biografía.


Félix Rubén García Sarmiento más conocido como Rubén Darío fue considerado como el príncipe de las letras castellanas por su gran impacto, estilo innovador y por ser el principal promotor hispanoamericano de la corriente modernista.


El autor nicaragüense, nació el 8 de enero de 1867 en Metapa. A muy temprana edad, Rubén Darío, contó con habilidades superiores en el lenguaje, y dado que el matrimonio de sus padres se deshacía, el pequeño Rubén encontró un refugio en la literatura. Esto le permitió evadir y superar la ausencia de amor entre sus padres, quienes después de casarse por conveniencia decidieron separarse. Luego del fracaso matrimonial, fueron sus tíos abuelos Félix Ramírez Madrigal y Bernarda Sarmiento quienes se hicieron cargo de la crianza del joven Rubén.


Su continua fascinación por la lectura, lo llevó a desarrollar sus primeros versos a la edad de diez años. A los catorce, ya se inicia como periodista para varios medios, entre ellos, el periódico “La verdad de León”. Durante esta misma época, Félix Rubén decide comenzar a apellidarse Darío, de acuerdo con el apodo, con el cual era conocida su familia paterna “Los Darios”.


Para el año de 1882, el joven escritor nicaragüense deja entrever su fascinación por la vida burguesa. En un encuentro con el presidente de El Salvador, Rafael Zaldívar, con quien cruza un par de palabras, Rubén Darío le asegura querer lograr una buena posición social. Como resultado de su convicción, inicia un camino lleno de composiciones modernas y fantásticas con miras a ser reconocido y admirado. Pero no fue sino hasta el año de 1888, que Rubén Darío logró acercarse a su sueño, gracias al prestigio que alcanzó con la publicación del libro AZUL.


En el ámbito sentimental, al igual que el personaje del Doctor Z, en el cuento “El Caso de la Señorita Amelia” publicado en 1894, fueron tres mujeres las que marcaron la vida del poeta nicaragüense. Su primera esposa, Rafaela Contreras, quien falleció de muerte súbita en 1893.

La segunda y más compleja de todas las relaciones fue Rosario Emelina Murillo. Ella fue, en su juventud, un amor de adolescencia que lo marcó profundamente debido a su belleza (según la descripción del mismo Rubén Darío). Poco después que el poeta enviuda se reencuentra con Rosario, sin embargo, el hermano de ésta y la misma Rosario lo obligan a casarse con ella el 8 de marzo de 1893. Dicha unión poco a poco se convierte en una pesadilla que finalmente termina con su relación.


La tercera dama, su más preciado amor fue Francisca Sánchez. Una mujer analfabeta de bajos recursos económicos. Resulta que en 1898 el poeta y periodista nicaragüense, es enviado a España como corresponsal del Diario Argentino “La Nación”, para informar sobre la situación del país después de la guerra contra Estados Unidos. Allí es donde conoce a Francisca, quién como lo diría el mismo poeta, sería la mujer que le entregó dulzura, amor y respeto en sus últimos años de vida.


El autor, quien viajó por Europa y América Latina, falleció en 1916 en Nicaragua, dejando un gran legado para la literatura hispana.

Tras su muerte, Francisca guarda con celo el legado literario: relatos, manuscritos y cartas del poeta, en un baúl azul durante más de 40 años. No es sino hasta 1956 cuando Francisca dona el baúl al Estado español.

Para concluir el programa de hoy, quiero compartir otro poema de Rubén Darío, acerca de vivir muchas vidas.


Reencarnaciones


Yo fui coral primero,

después hermosa piedra,

después fui de los bosques verde y colgante hiedra;

después yo fui manzana,

lirio de la campiña,

labio de niña,

una alondra cantando en la mañana;

y ahora soy un alma

que canta como canta una palma

de luz de Dios al viento. [1890]


(Dario, Ruben. Selected Writings . Penguin Publishing Group. Kindle Edition.)


Y eso es todo por hoy. Volveremos el próximo jueves con otro episodio en español. Esta vez el escritor mexicano Alfonso Reyes, nos cuenta una historia que describe lo que sucede cuando una mano que ha sido cortada vuelve a la vida. ¡Hasta el siguiente cuento! Adiós, adiós

Tres Cuentos Podcast es producido con el apoyo de PRX y el Programa de Creadores de Podcasts de Google.

Tres Cuentos es un ejercicio de adaptación e investigación creativa.

Agradecimientos especiales a…

Recuerda que nos pueden escuchar en cualquier aplicación de podcast como Google Podcast, iTunes, Stitcher, Spotify, o donde sea que nos encontraste. Y visita nuestra página web www.trescuentos.com

Si has disfrutado este episodio considera subscribirte a nuestro boletín a través de nuestra página web y comparte los episodios con tus amistades.

La música y los efectos de sonido fueron descargados de la biblioteca de audio de YouTube y de Freesound.org.

La lista de créditos por canción y las fuentes de información las pueden encontrar en la transcripción.

Nos escuchamos pronto, adiós, adiós.

*

Bibliografía

Web: Actualidad Literatura. “Biografía de Rubén Darío. Escrito por: Carmen Guillén”. URL: https://www.actualidadliteratura.com/breve-biografia-de-ruben-dario/?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+ActualidadLiteratura+%28Actualidad+Literatura%29

Web: Cervantes.es. “Rubén Darío. Biografía”. Actualizada: septiembre de 2016. URL: https://www.cervantes.es/bibliotecas_documentacion_espanol/creadores/dario_ruben.htm#:~:text=Biograf%C3%ADa-,Rub%C3%A9n%20Dar%C3%ADo.,es%20F%C3%A9lix%20Rub%C3%A9n%20Garc%C3%ADa%20Sarmiento.

Web: Acta Literaria, versión online. “Prodigios que abruman: dos cuentos de Rubén Darío”. Biografía. Escrito por: Margarita Rojas y Flora Ovares. URL: https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0717-68482001002600009

Web: Metro. “Meet the 26 year old man who never grw up”. Alison Lynch. Monday 22 Jun 2015. URL: https://metro.co.uk/2015/06/22/meet-the-26-year-old-man-who-never-grew-up-5257017/

Web: Allthatsinteresting.com “44 Vintage Photos Of Sideshow “Freaks” That Will Leave You Unsettled”. By Erin Kelly. Published on April 22, 2019. URL: https://allthatsinteresting.com/sideshow-freaks#24

Web: abcnews.com. “Doctors Baffled, Intrigued by Girl Who Doesn't Age”, By Bob Brown, June 19, 2009. URL: https://abcnews.go.com/2020/Health/girl-age-brooke-greenberg-baffles-doctors/story?id=7880954

Web: ciudadseva.com. “El caso de la señorita Amelia”, por Rubén Darío. URL: https://ciudadseva.com/texto/el-caso-de-la-senorita-amelia/


Créditos musicales

Androids Always Escape by Chris Zabriskie is licensed under a Creative Commons Attribution 4.0 license. https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/ Source: http://chriszabriskie.com/honor/ Artist: http://chriszabriskie.com/


Fig Leaf Times Two by Kevin MacLeod is licensed under a Creative Commons Attribution 4.0 license. https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Source: http://incompetech.com/music/royalty-free/index.html?isrc=USUAN1200096 Artist: http://incompetech.com/


Brandenburg Concerto No4-1 BWV1049 - Classical Whimsical by Kevin MacLeod is licensed under a Creative Commons Attribution 4.0 license. https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Source: http://incompetech.com/music/royalty-free/index.html?isrc=USUAN1100303 Artist: http://incompetech.com/


Temptation March by Audionautix is licensed under a Creative Commons Attribution 4.0 license. https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Artist: http://audionautix.com/


Hyperfun by Kevin MacLeod is licensed under a Creative Commons Attribution 4.0 license. https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Source: http://incompetech.com/music/royalty-free/index.html?isrc=USUAN1400038 Artist: http://incompetech.com/


Web Weaver's Dance - Asher Fulero

Waltz of the Flowers (by Tchaikovsky) – Tchaikovsky

Kindergarden - Coyote Hearing




33 views0 comments

Recent Posts

See All