• Carolina Quiroga-Stultz

49 - Lationamérica Fantástica


¿Hasta dónde dos enamorados se dejarán llevar por la paranoia? Horacio Quiroga nos cuenta la historia de un moribundo que le encarga su esposa a su mejor amigo. Los sobrevivientes enamorados creyendo que su amor es prohibido verán al amigo y esposo muerto regresar al mundo de los vivos a través de la pantalla grande.


En los comentarios hablamos de las almas que no descansan en paz, de la voz que leyó el cuento de hoy el cuentista Pedro Mario López, del concurso literario y de la vida del uruguayo Horacio Quiroga.


Los últimos días de Horacio Quiroga


(Escrito por Leo Quiron, editado por CQS)


Empecemos por el final. Corre el año de 1937, está Horacio Quiroga internado en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires con diagnóstico de cáncer en la próstata. Se encuentra allí solitario esperando una muerte dolorosa. Cuando Quiroga escucha el rumor de que en el sótano del hospital vive un monstruo, Horacio exige conocerlo. Aquel supuesto horror encarnado era Vicente Batistessa, otro paciente quien padecía de elefantiasis, un síndrome causado por la transmisión de un parásito. El compasivo escritor sin dudarlo entabla amistad con él.


Si el oyente ha visto la película dirigida por David Lynch, protagonizada por Anthony Hopkins y John Hurt: “El Hombre Elefante”, tendrá entonces una imagen sobre la deformación física que padecía Batistessa.


Horacio convence al director del hospital que les permita compartir la misma habitación. Pasados varios días el escritor moribundo le comunica a Batistessa que no soporta más su doloroso padecimiento.


El 17 de febrero de 1937 a los 58 años, Horacio Quiroga el gran cuentista, decide terminar su vida con cianuro. ¿Qué sería de la vida del último amigo del escritor, Vicente Batistessa después de haber presenciado el suicidio de su reciente amigo?


Nunca lo sabremos. Sin embargo, podemos imaginar que alguien podrá algún día escribir un guion cinematográfico contando la historia de compasión y la amistad de los últimos días de estos dos hombres. Una historia con la lucidez de Lynch, y ciertamente con la genialidad, percepción y autenticidad de Horacio Quiroga.




Bienvenida


¡Hola! Estimadas y estimados oyentes de Tres Cuentos, el podcast bilingüe dedicado a las narrativas literarias, históricas y tradicionales de Latino América. Soy Carolina Quiroga-Stultz, y hoy abrimos nuestros brazos de par en par para dar la bienvenida a alguien que ya quisiera yo fuera mi tío, el inigualable Horacio Quiroga.


Lo cierto es que, aunque ya había leído uno que otro cuento del uruguayo, nunca logré sentirme totalmente atraída por sus narrativas, siempre me parecieron algo trágicas. La culpa me atormentaba de cuando en vez por no sentirme orgullosa de este autor que portó el mismo apellido paterno que yo.


Por años, me dije: ¡cómo te atreves Carolina a no sentir algo de admiración por este señor del que muchos dicen que fue uno de los grandes, quien junto a otros abrió el camino y sentó las bases para lo que sería después el boom de la literatura latinoamericana!


Pero la respuesta que me daba a mí misma era: es que ese cuento “La gallina degollada,” me dejó medio aburrida. Y como es natural en todos lo humanos, a partir de mi reacción casi visceral a la historia, asumí que el resto de la obra de don Quiroga tendría un similar efecto en mi.


¡Oh! por favor universo, perdona a esta mortal, ¡que muy equivocada estaba! Porque el cuento de hoy es la más preciosa de las tragicomedias, y no lo digo solo yo, hay cuatro hombres más que me dan la razón, los cuatro que colaboraron para hacer este episodio realidad.



Al igual que con otros cuentos que hemos presentado en esta temporada, me reencontré con Horacio Quiroga en el libro Antología del Cuento Fantástico Hispanoamericano Siglo XX, editado por Óscar Hahn. Sin embargo, el cuento fue originalmente publicado en el libro El desierto y otros cuentos, en 1924.


El cuento de hoy “El espectro”, nos llega en la potente y fascinante voz de uno de los grandes de la narración cubana, el fantástico Pedro Mario López Delgado, de quien les contaré más en los comentarios.


Un hombre se enamora de la esposa de su mejor amigo. Cuando éste último yace moribundo le encarga a su compadre que cuide de la futura viuda. Los dos sobrevivientes eventualmente se enamoran, y creyendo que su amor es prohibido se dejan llevar por la paranoia.




EL ESPECTRO

(El desierto y otros cuentos, 1924)

Por Horacio Quiroga

Leído por Pedro Mario López Delgado (Cuba)




Todas las noches, en el Grand Splendid de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos cinematográficos. Ni borrascas ni noches de hielo nos han impedido introducirnos, a las diez en punto, en la tibia penumbra del teatro. Allí, desde uno u otro palco, seguimos las historias del film con un mutismo y un interés tales, que podrían llamar sobre la atención nosotros, de ser otras las circunstancias en que actuamos.


Desde uno u otro palco, he dicho; pues su ubicación nos es indiferente. Y aunque la misma localidad llegue a faltarnos alguna noche, por estar el Splendid en pleno, nos instalamos, mudos y atentos siempre a la representación, en un palco cualquiera ya ocupado.

No estorbamos, creo; o, por lo menos, de un modo sensible. Desde el fondo del palco, o entre la chica del antepecho y el novio adherido a su nuca, Enid y yo, aparte del mundo que nos rodea, somos todo ojos hacia la pantalla. Y si en verdad alguno, con escalofríos de inquietud cuyo origen no alcanza a comprender, vuelve a veces la cabeza para ver lo que no puede, o siente un soplo helado que no se explica en la cálida atmósfera, nuestra presencia de intrusos no es nunca notada; pues preciso es advertir ahora que Enid y yo estamos muertos.


De todas las mujeres que conocí en el mundo vivo, ninguna produjo en mí el efecto que Enid. La impresión fue tan fuerte que la imagen y el recuerdo mismo de todas las mujeres se borró. En mi alma se hizo de noche, donde se alzó un solo astro imperecedero: Enid. La sola posibilidad de que sus ojos llegaran a mirarme sin indiferencia, deteníame bruscamente el corazón. Y ante la idea de que alguna vez podía ser mía, la mandíbula me temblaba. ¡Enid!

Tenía ella entonces, cuando vivíamos en el mundo, la más divina belleza que la epopeya del cine ha lanzado a miles de leguas y expuesto a la mirada fija de los hombres. Sus ojos, sobre todo, fueron únicos; y jamás terciopelo de mirada tuvo un marco de pestañas como los ojos de Enid; terciopelo azul, húmedo y reposado, como la felicidad que sollozaba en ella.

La desdicha me puso ante ella cuando ya estaba casada.


No es ahora del caso ocultar nombres. Todos recuerdan a Duncan Wyoming, el extraordinario actor que, comenzando su carrera al mismo tiempo que William Hart, tuvo, como éste y a la par de éste, las mismas hondas virtudes de interpretación viril. Hart ha dado al cine todo lo que podíamos esperar de él, y es un astro que cae. De Wyoming, en cambio, no sabemos lo que podíamos haber visto, cuando apenas en el comienzo de su breve y fantástica carrera creó —como contraste con el empalagoso héroe actual—el tipo de varón rudo, áspero, feo, negligente y cuanto se quiera, pero hombre de la cabeza a los pies, por la sobriedad, el empuje y el carácter distintivos del sexo.


Hart prosiguió actuando y ya lo hemos visto.


Wyoming nos fue arrebatado en la flor de la edad, en instantes en que daba fin a dos cintas extraordinarias, según informes de la empresa: El Páramo y Más allá de lo que se ve. Pero el encanto —la absorción de todos los sentimientos de un hombre— que ejerció sobre mí Enid, no tuvo sino una amargura: Wyoming, que era su marido, era también mi mejor amigo.


Habíamos pasado dos años sin vernos con Duncan; él, ocupado en sus trabajos de cine, y yo en los míos de literatura. Cuando volví a hallarlo en Hollywood, ya estaba casado.


—Aquí tienes a mi mujer—me dijo echándomela en los brazos.


Y a ella:

—Aprétalo bien, porque no tendrás un amigo como Grant. Y bésalo, si quieres.


No me besó, pero al contacto con su melena en mi cuello, sentí en el escalofrío de todos mis nervios que jamás podría yo ser un hermano para aquella mujer.


Vivimos dos meses juntos en el Canadá, y no es difícil comprender mi estado de alma respecto de Enid. Pero ni, en una palabra, ni en un movimiento, ni en un gesto me vendí ante Wyoming. Sólo ella leía en mi mirada, por tranquila que fuera, cuán profundamente la deseaba.


Amor, deseo... Una y otra cosa eran en mí gemelas, agudas y mezcladas; porque si la deseaba con todas las fuerzas de mi alma incorpórea, la adoraba con todo el torrente de mi sangre substancial.


Duncan no lo veía. ¿Cómo podía verlo?


A la entrada del invierno regresamos a Hollywood, y Wyoming cayó entonces con el ataque de gripe que debía costarle la vida. Dejaba a su viuda con fortuna y sin hijos. Pero no estaba tranquilo, por la soledad en que quedaba su mujer.


—No es la situación económica —me decía—, sino el desamparo moral. Y en este infierno del cine...

En el momento de morir, bajándonos a su mujer y a mí hasta la almohada, y con voz ya difícil:

—Confíate a Grant, Enid... Mientras lo tengas a él, no temas nada. Y tú, viejo amigo, vela por ella. Sé su hermano...No, no prometas. Ahora puedo ya pasar al otro lado...


Nada de nuevo en el dolor de Enid y el mío. A los siete días regresábamos al Canadá, a la misma choza estival que un mes antes nos había visto a los tres cenar ante la carpa. Como entonces, Enid miraba ahora el fuego, achuchada por el sereno glacial, mientras yo, de pie, la contemplaba. Y Duncan no estaba más.


Debo decirlo: en la muerte de Wyoming yo no vi sino la liberación de la terrible águila enjaulada en nuestro corazón, que es el deseo de una mujer a nuestro lado que no se puede tocar. Yo había sido el mejor amigo de Wyoming, y mientras él vivió, el águila no deseó su sangre; se alimentó —la alimenté— con la mía propia. Pero entre él y yo se había levantado algo más consistente que una sombra. Su mujer fue, mientras él vivió —y lo hubiera sido eternamente—, intangible para mí. Pero él había muerto. No podía Wyoming exigirme el sacrificio de la Vida en que él acaba de fracasar. Y Enid era mi vida, mi porvenir, mi aliento y mi ansia de vivir, que nadie, ni Duncan —mi amigo íntimo, pero muerto—, podía negarme.

Vela por ella. . . ¡Sí, más dándole lo que él le había restado al perder su turno: la adoración de una vida entera consagrada a ella!


Durante dos meses, a su lado de día y de noche, velé por ella como un hermano. Pero al tercero caí a sus pies.


Enid me miró inmóvil, y seguramente subieron a su memoria los últimos instantes de Wyoming, porque me rechazó violentamente. Pero yo no quité la cabeza de su falda.


—Te amo, Enid —le dije—. Sin ti me muero.


—¡Tú, Guillermo! —murmuró ella—. ¡Es horrible oírte decir esto!


—Todo lo que quieras —repliqué—. Pero te amo inmensamente.


—¡Cállate, cállate!


—Y te he amado siempre... Ya lo sabes...


—¡No, no sé!


—Sí, lo sabes.


Enid me apartaba siempre, y yo resistía con la cabeza entre sus rodillas.


—Dime que lo sabías...


—¡No, cállate! Estamos profanando...


—Dime que lo sabías...


—¡Guillermo!


—Dime solamente que sabías que siempre te he querido...


Sus brazos se rindieron cansados, y yo levanté la cabeza. Encontré sus ojos al instante, un solo instante, antes que Enid se doblegara a llorar sobre sus propias rodillas.


La dejé sola; y cuando una hora después volví a entrar, blanco de nieve, nadie hubiera sospechado, al ver nuestro simulado y tranquilo afecto de todos los días, que acabábamos de tender, hasta hacerlas sangrar, las cuerdas de nuestros corazones.


Porque en la alianza de Enid y Wyoming no había habido nunca amor. Faltóle siempre una llamarada de insensatez, extravío, injusticia —la llama de pasión que quema la moral entera de un hombre y abrasa a la mujer en largos sollozos de fuego—. Enid había querido a su esposo, nada más; y lo había querido, nada más que querido ante mí, que era la cálida sombra de su corazón, donde ardía lo que no le llegaba de Wyoming, y donde ella sabía iba a refugiarse todo lo que de ella no alcanzaba hasta él.


La muerte, luego, dejando hueco que yo debía llenar con el afecto de un hermano... ¡De hermano, a ella, Enid, que era mi sola sed de dicha en el inmenso mundo!


A los tres días de la escena que acabo de relatar regresamos a Hollywood. Y un mes más tarde se repetía exactamente la situación: yo de nuevo a los pies de Enid con la cabeza en sus rodillas, y ella queriendo evitarlo.


—Te amo cada día más, Enid...


—¡Guillermo!


—Dime que algún día me querrás.


—¡No!


—Dime solamente que estás convencida de cuánto te amo.


—¡No!


—Dímelo.


—¡Déjame! ¿No ves que me estás haciendo sufrir de un modo horrible?


Y al sentirme temblar mudo sobre el altar de sus rodillas, bruscamente me levantó la cara entre las manos:


—¡Pero déjame, te digo! ¡Déjame! ¿No ves que también te quiero con toda el alma y que estamos cometiendo un crimen?


Cuatro meses justos, ciento veinte días transcurridos apenas desde la muerte del hombre que ella amó, del amigo que me había interpuesto como un velo protector entre su mujer y un nuevo amor...


Tan hondo y compenetrado fue el nuestro, que aun hoy me pregunto con asombro qué finalidad absurda pudieron haber tenido nuestras vidas de no habernos encontrado por bajo de los brazos de Wyoming.


Una noche —estábamos en Nueva York— me enteré que se pasaba por fin El páramo, una de las dos cintas de que he hablado, y cuyo estreno se esperaba con ansiedad. Yo también tenía el más vivo interés de verla, y se le propuse a Enid. ¿Por qué no?


Un largo rato nos miramos; una eternidad de silencio, durante el cual el recuerdo galopó hacia atrás entre derrumbamiento de nieve y caras agónicas. Pero la mirada de Enid era la vida misma, y presto entre el terciopelo húmedo de sus ojos y los míos no medió sino la dicha convulsiva de adorarnos. ¡Y nada más!


Fuimos al Metropole, y desde la penumbra rojiza del palco vimos aparecer, enorme y con el rostro más blanco que la hora de morir, a Duncan Wyoming. Sentí temblar bajo mi mano el brazo de Enid.


¡Duncan! - dijo


Sus mismos gestos eran aquéllos. Su misma sonrisa confiada era la de sus labios. Era su misma enérgica figura la que se deslizaba adherida a la pantalla. Y a veinte metros de él, era su misma mujer la que estaba bajo los dedos del amigo íntimo...


Mientras la sala estuvo a obscuras, ni Enid ni yo pronunciamos una palabra ni dejamos un instante de mirar. Largas lágrimas rodaban por sus mejillas, y me sonreía. Me sonreía sin tratar de ocultarme sus lágrimas.


—Sí, comprendo, amor mío... —murmuré, con los labios sobre el extremo de sus pieles, que, siendo un obscuro detalle de su traje, era asimismo toda su persona idolatrada —. Comprendo, pero no nos rindamos... ¿Sí?... Así olvidaremos...


Por toda respuesta, Enid, sonriéndome siempre, se recogió muda a mi cuello.


A la noche siguiente volvimos. ¿Qué debíamos olvidar? La presencia del otro, vibrante en el haz de luz que lo transportaba a la pantalla palpitante de la vida; su inconsciencia de la situación; su confianza en la mujer y el amigo; esto era precisamente a lo que debíamos acostumbrarnos.


Una y otra noche, siempre atentos a los personajes, asistimos al éxito creciente de El páramo.


La actuación de Wyoming era sobresaliente y se desarrollaba en un drama de brutal energía: una pequeña parte de los bosques del Canadá y el resto en la misma Nueva York. La situación central constituíala una escena en que Wyoming, herido en la lucha con un hombre, tiene bruscamente la revelación del amor de su mujer por ese hombre, a quien él acaba de matar por motivos aparte de este amor. Wyoming acababa de atarse un pañuelo a la frente. Y tendido en el diván, jadeando aún de fatiga, asistía a la desesperación de su mujer sobre el cadáver del amante.


Pocas veces la revelación del derrumbe, la desolación y el odio han subido al rostro humano con más violenta claridad que en esa circunstancia a los ojos de Wyoming. La dirección del film había exprimido hasta la tortura aquel prodigio de expresión, y la escena se sostenía un infinito número de segundos, cuando uno solo bastaba para mostrar al rojo blanco la crisis de un corazón en aquel estado.


Enid y yo, juntos e inmóviles en la obscuridad, admirábamos como nadie al muerto amigo, cuyas pestañas nos tocaban casi cuando Wyoming venía desde el fondo a llenar él solo la pantalla. Y al alejarse de nuevo a la escena del conjunto, la sala entera parecía estirarse en perspectiva. Y Enid y yo, con un ligero vértigo por este juego, sentíamos aún el roce de los cabellos de Duncan que habían llegado a rozarnos.


¿Por qué continuábamos yendo al Metropole? ¿Qué desviación de nuestras conciencias nos llevaba allá noche a noche a empapar en sangre nuestro amor inmaculado? ¿Qué presagio nos arrastraba como a sonámbulos ante una acusación alucinante que no se dirigía a nosotros, puesto que los ojos de Wyoming estaban vueltos al otro lado?


¿A dónde miraban? No sé a dónde, a un palco cualquiera de nuestra izquierda. Pero una noche noté, lo sentí en la raíz de los cabellos, que los ojos se estaban volviendo hacia nosotros. Enid debió de notarlo también, porque sentí bajo mi mano la honda sacudida de sus hombros.


Hay leyes naturales, principios físicos que nos enseñan cuán fría magia es ésa de los espectros fotográficos danzando en la pantalla, remedando hasta en los más íntimos detalles una vida que se perdió. Esa alucinación en blanco y negro es sólo la persistencia helada de un instante, el relieve inmutable de un segundo vital. Más fácil nos sería ver a nuestro lado a un muerto que deja la tumba para acompañarnos, que percibir el más leve cambio en el rostro lívido de un film.


Perfectamente. Pero a despecho de las leyes y los principios, Wyoming nos estaba viendo. Si para la sala, El páramo era una ficción novelesca, y Wyoming vivía sólo por una ironía de la luz; si no era más que un frente eléctrico de lámina sin costados ni fondo, para nosotros —Wyoming, Enid y yo— la escena filmada vivía flagrante, pero no en la pantalla, sino en un palco, donde nuestro amor sin culpa se transformaba en monstruosa infidelidad ante el marido vivo....


¿Farsa del actor? ¿Odio fingido por Duncan ante aquel cuadro de El páramo?


¡No! Allí estaba la brutal revelación; la tierna esposa y el amigo íntimo en la sala de espectáculos, riéndose, con las cabezas juntas, de la confianza depositada en ellos...


Pero no nos reíamos, porque noche a noche, palco tras palco, la mirada se iba volviendo cada vez más a nosotros.


—¡Falta un poco aún!... —me decía yo.


—Mañana será... —pensaba Enid.


Mientras el Metropole ardía de luz, el mundo real de las leyes físicas se apoderaba de nosotros y respirábamos profundamente.


Pero en la brusca cesación de luz, que como un golpe sentíamos dolorosamente en los nervios, el drama espectral nos cogía otra vez entre sus manos.


A mil leguas de Nueva York, encajonado bajo tierra, estaba tendido sin ojos Duncan Wyoming. Mas su sorpresa ante el frenético olvido de Enid, su ira y su venganza estaban vivas allí, encendiendo el rastro químico de Wyoming, moviéndose en sus ojos vivos, que acababan, por fin, de fijarse en los nuestros.


Enid ahogó un grito y se abrazó desesperadamente a mí.


—¡Guillermo!


—Cállate, por favor...


—¡Es que ahora acaba de bajar una pierna del diván!


Sentí que la piel de la espalda se me erizaba, y miré:

Con lentitud de fiera y los ojos clavados sobre nosotros, Wyoming se incorporaba del diván. Enid y yo lo vimos levantarse, avanzar hacia nosotros desde el fondo de la escena, llegar al monstruoso primer plano... Un fulgor deslumbrante nos cegó, a tiempo que Enid lanzaba un grito.


La cinta acababa de quemarse.


Mas, en la sala iluminada las cabezas todas estaban vueltas hacia nosotros. Algunos se incorporaron en el asiento a ver lo que pasaba.


—La señora está enferma; parece una muerta —dijo alguno en la platea.


—Más muerto parece él —agregó otro.


¿Qué más? Nada, sino que en todo el día siguiente Enid y yo no nos vimos. Únicamente al mirarnos por primera vez de noche para dirigirnos al Metropole, Enid tenía ya en sus pupilas profundas la tiniebla del más allá, y yo tenía un revólver en el bolsillo.


No sé si alguno en la sala reconoció en nosotros a los enfermos de la noche anterior. La luz se apagó, se encendió y tornó a apagarse, sin que lograra reposarse una sola idea normal en el cerebro de Guillermo Grant, y sin que los dedos crispados de este hombre abandonaran un instante el gatillo del arma.


Yo fui toda la vida dueño de mí. Lo fui hasta la noche anterior, cuando contra toda justicia un frío espectro que desempeñaba su función fotográfica de todos los días creó dedos estranguladores para dirigirse a un palco a terminar el film.


Como en la noche anterior, nadie notaba en la pantalla algo anormal, y es evidente que Wyoming continuaba jadeante adherido al diván. Pero Enid —¡Enid entre mis brazos!— tenía la cara vuelta a la luz, pronta para gritar... ¡Cuando Wyoming se incorporó por fin!


Yo lo vi adelantarse, crecer, llegar al borde mismo de la pantalla, sin apartar la mirada de la mía. Lo vi desprenderse, venir hacia nosotros en el haz de luz; venir en el aire por sobre las cabezas de la platea, alzándose, llegar hasta nosotros con la cabeza vendada. Lo vi extender las zarpas de sus dedos... a tiempo que Enid lanzaba un horrible alarido, de esos en que con una cuerda vocal se ha rasgado la razón entera, e hice fuego.


No puedo decir qué pasó en el primer instante. Pero en pos de los primeros momentos de confusión y de humo, me vi con el cuerpo colgado fuera del antepecho, muerto.

Desde el instante en que Wyoming se había incorporado en el diván, dirigí el cañón del revólver a su cabeza. Lo recuerdo con toda nitidez. Y era yo quien había recibido la bala en la sien.


Estoy completamente seguro de que quise dirigir el arma contra Duncan. Solamente que, creyendo apuntar al asesino, en realidad apuntaba contra mí mismo. Fue un error, una simple equivocación, nada más; pero que me costó la vida.


Tres días después Enid quedaba a su vez desalojada de este mundo. Y aquí concluye nuestro idilio.


Pero no ha concluido aún. No son suficientes un tiro y un espectro para desvanecer un amor como el nuestro. Más allá de la muerte, de la vida y de sus rencores, Enid y yo nos hemos encontrado. Invisibles dentro del mundo vivo, Enid y yo estamos siempre juntos, esperando el anuncio de otro estreno cinematográfico.


Hemos recorrido el mundo. Todo es posible esperar menos que el más leve incidente de un film pase inadvertido a nuestros ojos. No hemos vuelto a ver El páramo. La actuación de Wyoming en él no puede ya depararnos sorpresas, fuera de las que tan dolorosamente pagamos.


Ahora nuestra esperanza está puesta en Más allá de lo que se ve. Desde hace siete años la empresa filmadora anuncia su estreno y hace siete años que Enid y yo esperamos. Duncan es su protagonista; pero no estaremos más en el palco, por lo menos en las condiciones en que fuimos vencidos. En las presentes circunstancias, Duncan puede cometer un error que nos permita entrar de nuevo en el mundo visible, del mismo modo que nuestras personas vivas, hace siete años, le permitieron animar la helada lámina de su film.


Enid y yo ocupamos ahora, en la niebla invisible de lo incorpóreo, el sitio privilegiado de acecho que fue toda la fuerza de Wyoming en el drama anterior. Si sus celos persisten todavía, si se equivoca al vernos y hace en la tumba el menor movimiento hacia afuera, nosotros nos aprovecharemos. La cortina que separa la vida de la muerte no se ha descorrido únicamente en su favor, y el camino está entreabierto. Entre la Nada que ha disuelto lo que fue Wyoming, y su eléctrica resurrección, queda un espacio vacío. Al más leve movimiento que efectúe el actor, apenas se desprenda de la pantalla, Enid y yo nos deslizaremos como por una fisura en el tenebroso corredor.


Pero no seguiremos el camino hacia el sepulcro de Wyoming; iremos hacia la Vida, entraremos en ella de nuevo. Y es el mundo cálido del que estamos expulsados, el amor tangible y vibrante de cada sentido humano, lo que nos espera entonces a Enid y a mí.


Dentro de un mes o de un año, ella llegará. Sólo nos inquieta la posibilidad de que Más allá de lo que se ve se estrene bajo otro nombre, como es costumbre en esta ciudad. Para evitarlo, no perdemos un estreno. Noche a noche entramos a las diez en punto en el Gran Splendid, donde nos instalamos en un palco vacío o ya ocupado, en definitiva eso nos resulta indiferente.



Comentario


Muy bien salgamos de la sala de cine de donde estas dos almas mortificadas quizá aún buscan como volver al mundo de los vivos. Antes de contarles más acerca de la voz de hoy, Pedro Mario López, de recordarles sobre el concurso literario y contarles de la vida de Horacio Quiroga, permítanme hablar un poco sobre las almas que no descansan en paz.



En el libro La Cuentista, cuentos tradicionales en español y en inglés, la académica Teresa Pijoan recogió una historia que presentamos en el tercer episodio “La Misa Encapuchada”. Este cuento que es uno de mis favoritos y que tengo la oportunidad de contar en espectáculos de narración cada octubre, es uno que a menudo provoca en alguien de la audiencia que luego se me acerque para contarme algún incidente que la historia le recordó.


Por si no recuerdan el cuento, es acerca de dos hermanas que no se quieren mucho, y después de que una muere, la sobreviviente acaba encontrándose de nuevo con la muerta en una misa. Lo cierto es que por ahí dicen que algunos muertos no olvidan, y si le preguntan a mi mamá, ella les dirá que las energías de algunos muertos se quedan en las cosas que alguna vez usaron, y que hay que tener mucho cuidado con eso.


Años atrás cuando vivía en San Antonio, Texas, después de contar dicho cuento, una señora que recientemente llegaba de México me contó el siguiente incidente. Resulta pasa y acontece que cuando ella era joven, su familia compró una mesa antigua de segunda.

Contenta la familia se llevó el mueble para la casa y la comenzaron a usar como la mesa del comedor. Poco después se empezaron a escuchar cosas medio raras en la casa. A veces era como si alguien le diera golpes a la mesa, y otras veces eran gritos. Ya medio asustada la familia comenzó a indagar en los orígenes de la bendita mesa, y acabaron dándose cuenta de que el mueble había pertenecido a una sala de juzgados tiempo atrás. Al parecer la mesa había presenciado a su manera más de una orden de ejecución o encarcelamiento.


En otras palabras, muchos de esos sentimientos de tragedia, desazón, y desesperanza todavía estaban impregnados a la mesa. ¿Cómo puede ser eso posible? No lo sé, pero físicos y metafísicos dirán que todo es energía, y que por ahí es por donde se puede encontrar la respuesta.


El gran psiquiatra Michael Newton, de quien me he leído gran parte de sus libros acerca de la reencarnación, y del espaciotemporal entre vidas, al que algunos le llamarían el hogar original, concluyó que, aunque él jamás creyó en fantasmas, pues acabo encontrándole explicación al asunto.


Vale la pena aclara que llegué a la obra de Michael Newton, después de haberme devorado la obra del otro psiquiatra Brian Weiss, quien la fabulosa Oprah a entrevistado más de una vez.



Bueno, lo que quiero es leerles un extracto del libro El destino de las Almas, escrito por Michael Newton, específicamente en el capítulo acerca de los fantasmas. Newton dice:

“Algunas personas tienen la idea errónea de que los fantasmas no saben que están muertos o que no pueden escapar su situación. En parte es cierto, están atrapados, pero esto es más debido a una obstrucción mental más que a un impedimento material. Las almas no están perdidas en un plano astral confinado y ellas saben que han hecho una transición fuera de la vida en la tierra. La confusión del alma recae en el obsesivo apego que tienen a los lugares, gente, o eventos que no pueden soltar. [Continua Newton] Desde lo que he podido observar, los fantasmas son almas menos maduras, que tienen problemas para liberarse de las contaminaciones terrenales”.


Me pregunto yo, ¿Acaso Horacio Quiroga sabia algo de estas pasiones de almas menos evolucionadas que se niegan a soltar lo terrenal, o fue el cuento “El espectro” un mero fruto de su imaginación con unos brochazos de recuerdos de aquellos seres queridos que amo y que poco a poco se hicieron fantasmas? No hay forma de saberlo. Lo cierto es que la historia me ha divertido bastante y no me pude aguantar para compartirla con ustedes.


*


Pero dejemos a los muertos descansar en paz o en obsesión, y permítanme hablarles de uno de mis mentores en la narración, el encantador cubano quien vive en mi tierra natal, Cali, Colombia, Pedro Mario López Delgado.



Conocí a Pedro Mario cuando trabajaba como diseñadora en la Universidad San Buenaventura de Cali. Nos conocimos a través de mi querido amigo y mentor Diego López. Cuando le conté a Pedro que me venía para los Estados Unidos a estudiar narración, él me dio su bendición y una muy bonita carta de recomendación. Es por esto, y por los consejos y palabras de aliento que me dio que no me cabe la alegría de saber que su magnífica voz le dio vida a un cuento que me encanta.


Pedro Mario López es narrador oral con 30 años de trabajo ininterrumpido. Ha participado en festivales internacionales de cuentería y oralidad en Cuba, España, Argentina, Costa Rica, Venezuela, México, Brasil, Colombia, y Uruguay.


Es reconocido por su capacidad para divertir y entretener, por la calidad de su repertorio y por el encanto de su ejercicio creador como narrador de cuentos. Ha sido reconocido con importantes premios internacionales entre ellos el Premio "Cuchillo Canario", el premio "Cuentería", el Premio Iberoamericano de Narración Oral Escénica "Chaman".


Para que se deleiten escuchando la voz de Pedro Mario contando les voy a dejar un enlace a uno video, y si se lo encuentran por ahí denle un fuerte abrazo de mi parte.

Video: https://www.youtube.com/watch?v=ShRgm9lwL14


*


Es hora de los anuncios, y el único que tengo es el de animarlas y animarlos a que participen en el concurso “La ancheta literaria”.


Para ganar cualquiera de las anchetas, escoge el cuento que más te haya gustado del programa, y toma una foto que para ti represente la historia o una escena del cuento. No aceptaremos fotos descargadas del internet. Sé creativo o creativa, compone algo que el cuento te inspire.


Requisito número uno: deben hacer parte de nuestra lista de correos. Así que, si aún no lo son, vayan a nuestra página web www.trescuentos.com y en la parte de arriba esta un muy cortito formulario, que solo les pide el nombre y el correo.


Ahora, ¿cómo mandarnos la foto? Muy sencillo, hay tres opciones, escoge la que te parezca más sencilla.


Para quienes van a participar usando Instagram, asegúrense que siguen a Tres_Cuentos_Podcast. Postea la foto con los hashtag #mianchetaliteraria #yoescuchotrescuentos y escribe el nombre del cuento que escogiste o también puedes enviarnos la foto como un mensaje a través del Instagram.


Para quienes van a participar usando el Facebook, asegúrense que siguen la página de Tres Cuentos Podcast, mándanos un mensaje con la foto, el #mianchetaliteraria #yoescuchotrescuentos y el nombre del cuento que escogiste.


Finalmente, para quienes prefieren participar usando el correo electrónico, mándanos la foto a tres.cuentos.podcast@gmail.com, en el tema escribe “Mi Ancheta Literaria” y el nombre del cuento que escogiste.


Recuerden que el cuento que escojan deben haberlo escuchado en nuestro programa.

Anunciaremos los ganadores la primera semana de diciembre.



Es hora de contarles acerca del autor de hoy. Esta breve biografía fue escrita en colaboración con Leo Quiron.



Horacio Silvestre Quiroga Forteza nace el 31 de diciembre de 1878 en Salto, Uruguay. Desde su infancia la vida del escritor uruguayo estuvo rodeada de varios hechos infortunados. Podríamos empezar por mencionar que su padre, Prudencio Quiroga, tuvo una muerte trágica, cuando llevó una escopeta cargada a un viaje a una finca. La noticia del accidente causó que la esposa de la víctima, quien cargaba al bebe Horacio entre sus brazos doña Pastora Forteza soltara al pequeño. Por suerte el futuro cuentista salió ileso.


Tiempo después, Pastora Forteza decide rehacer su vida y se casa de nuevo con Mario Barcos, quien fue un muy buen esposo y padre. Pero un derrame cerebral lo deja con un problema grave de movilidad. Horacio decide cuidar de su padrastro con dedicación, pero esto no fue suficiente. Mario Barcos decide utilizar sus últimos esfuerzos de movilidad para quitarse la vida con una escopeta. Horacio fue una de las primeras personas en encontrar el cadáver de su padrastro.


De estos trágicos acontecimientos, al parecer no hay ninguna narración o poema escrito por Horacio que nos permita entender sus sentimientos. De igual forma, no se conserva ningún escrito acerca de otros hechos trágicos; como fueron el suicidio de su primera esposa, ni sobre la muerte accidental de su amigo cercano Federico Ferrando, con quien Horacio compartía el gusto por la literatura.


Al cambio de siglo, cuando Horacio tiene 22 años, el joven decide tomar la herencia que le habían dejado su padre y su padrastro, y se va para Paris. Sin embargo, el viaje en barco y la estancia en Paris no dura mucho, porque se le acaba la herencia en poco tiempo. A su regreso a Uruguay, escribe en sus notas: “No tengo fibra de bohemio; porque tengo mucha vergüenza” (…) “París, será muy divertido, pero yo me aburro”.


Sin embargo, el viaje no fue en vano, ya que decide comenzar a escribir con mayor dedicación y relacionarse con personas cercanas al arte y la literatura. Más adelante publica: “Diario de un viaje a Paris”.


Uno de los grupos intelectuales más relevantes que Quiroga ayudó a conformar durante este período fue el Consistorio del Gay Saber. En este caso la palabra Gay se refiere a un conocimiento libre.


Al respecto Horacio deja escrito sus impresiones sobre esta experiencia: “(…) Yo tuve, en efecto, una amistad muy estrecha con Herrera y Reissig durante este peligroso período. Nos veíamos entonces con gran frecuencia, en su casa, que no era todavía la Torre de los Panoramas, o en la mía, que era sólo una pieza. En una u otra leíamos mutuamente nuestros versos, con tanto mayor entusiasmo cuanto en aquellos días – a mediados de 1900- ambos creíamos poseer también una sensibilidad nueva, totalmente extraña al medio ambiente. La poesía de Herrera y Reissig orbitaba entonces alrededor de Rubén Darío. La mía sufría la influencia de los franceses, y, en particular, la de Leopoldo Lugones: precisamente de ‘Los Doce Gozos’”.


Espero que el nombre de Leopoldo Lugones les haya sonado familiar, recordemos que presentamos un cuento de él hace un par de semanas, en el episodio 46, ‘Un fenómeno inexplicable”, sobre un hombre cuya sombra se le desprende y lo sigue por todas partes.

Para quien se quedó preguntándose y quién es ese Herrera y Reissig, bueno fue un poeta uruguayo de familia prominente, líder de la corriente literaria del modernismo en su país, quien decidió retirarse de la vida pública y con sus seguidores se fue a vivir a la Torre de los Panoramas.


Volviendo a la vida de Horacio Quiroga, aquí les va un dato curioso que quizá nos permita hacer conexiones con aspectos de la historia de hoy ‘El espectro’. Quiroga empezó a experimentar con la fotografía, y con el tiempo se hace un muy hábil fotógrafo. Razón por la cual, Leopoldo Lugones lo invita a que lo acompañe en una expedición oficial a la región de Misiones.


Al igual que pasó en el sur de los Estados Unidos, en el siglo XVII se instalaron varias misiones jesuitas en una parte del territorio que hoy ocupan: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. En total fueron siete misiones. Para la época de Horacio Quiroga, casi un siglo después de la instalación de las misiones, en la región del cono sur dichas edificaciones ya se las había tragado la selva.


De regreso a Buenos Aires en 1904, y muy posiblemente inspirado en su experiencia en Misiones y El Chaco, Quiroga publica el libro “El Crimen de Otro”. Curiosamente, muchos lectores encontraron que estos relatos tenían influencias del estilo de Edgar Allan Poe. Pero, esta asociación no le molesto a Quiroga, quien también aceptó que muchos de sus relatos fueron influenciados por Guy de Maupassant.


El Chaco y Misiones, tierra desconocida e inhóspita pero llena de belleza fue un gran atractivo para la imaginación del escritor uruguayo. Y entre 1906 a 1908, Horacio decide abandonar la vida citadina y comienza su proyecto de instalarse en la provincia de misiones a la orilla del río Alto-Paraná. En varias ocasiones trabajó como profesor de español y literatura en Buenos Aires, para juntar dinero para su proyecto.



Acerca de la experiencia de Horacio Quiroga en las misiones, el editor y traductor del libro en inglés The exhiles and other stories, J. David Danielson nos habla más acerca de este periodo de la vida del autor.


Danielson nos dice que Quiroga “no necesitaba ponerse a prueba en las Misiones, pero allí es donde él quería estar, donde se sentía que pertenecía. Sin duda, era su destino confrontar la vida en sus formas mas crudas y explorar la vastedad de la frontera, directamente en la labor manual e en la ficción literaria. Aunque el Quiroga urbano siempre será recordado por el cuento “La gallina degollada”, es en las Misiones donde encuentra su voz más autentica. Y su sentimiento más intenso por la tierra y su gente es inconfundible. De hecho, una comunión cuasi- mística del autor con la naturaleza es innegable”.


En el plano del amor, es durante este período que Quiroga se enamora de una de sus alumnas, Ana María Cires. Él le propone matrimonio, pero al principio los padres de la joven se oponen a la relación por la diferencia de edad. Es durante este tiempo que Horacio escribe: “Historia de Un Amor Turbio”.


Al fin logra la autorización para casarse con Ana María y se van a vivir a Misiones. Quiroga se sumerge en su nueva vida en esta región y por ello no publica ningún texto. Tanto fue el entusiasmo de Horacio por este estilo de vida que adecuó un astillero en su propiedad y logró construir varios barcos para navegar por el río Alto-Paraná. Pero todas estas aventuras que desafiaron la fortaleza física y mental de la familia Quiroga, desembocan en la trágica muerte de su primera esposa. Ana María quien acaba envenenada con uno de los químicos que usaba Horacio para revelar las fotografías.


Después de la tragedia, Horacio decide volver a Buenos Aires en 1916 y trata de recomenzar una vida en la ciudad. Sin embargo, la falta de contactos y no tener un título universitario dificultaron encontrar un trabajo que le permitiera cubrir sus gastos. Quiroga vuelve a tratar de escribir por encargo para algunas revistas, pero en general este es un duro período económico para él y su familia.


Así mismo, la crítica literaria de la época no fue amigable con Horacio, en unos recortes de prensa que guardó su viuda se puede leer un comentario de J. Herrera y Reissig –líder de la vanguardia modernista uruguaya-: “Le envío para que se forme juicio –y a solicitud de su autor, que es algo pedantuelo, Los Arrecifes de Coral [refiriéndose a H. Quiroga…] versifica bastante bien, y en prosas, aunque tiene mucho de tonto, insustancial, arrítmico y reminiscente, demuestra valor artístico (…)”


Aquí es conveniente aclarar que se trata de uno de los primeros escritos del joven Horacio, pero en general al escritor parecía importarle muy poco que sus narraciones no fueran del agrado general. En muchas ocasiones primaba más el mensaje que deseaba comunicar, que el estilo formal para hacerlo.


Lo cierto es que a pesar de todo lo que se ha diseccionado el estilo del uruguayo, los cuentos de Quiroga han logrado perdurar en la memoria de la literatura y el arte. Historias como la de “Anaconda”, propiciaron la formación de grupos literarios alrededor de los cuales se reunieron otros importantes escritores y artistas como: Alfonsina Storni, Ricardo Hicken, Emilia Bertolé, Annie Boule-Christauflour, Ana Weiss de Rossi, Alberto M. Rossi, entre otros.

Me gustaría invitarlos a que indagarán en otros cuentos de Horacio Quiroga, allí podrán encontrar un punto de vista sincero sobre los sentimientos humanos, sobre las dificultades que enfrentan las personas al moverse hacia situaciones desconocidas. Podríamos decir que la vida del escritor uruguayo fue un fiel reflejo de su escritura. Por el momento, les dejo un pequeño fragmento de la opinión de Horacio sobre su creación literaria:


“... por repetidas veces [se] ha adornado mi modesto nombre con la aureola de hombre de fortuna. Ha poco, al pequeño chalet que ocupo como inquilino, se le ha llamado «mansión» [y] el Señor A. Zum Felde, crítico del Uruguay, hace referencia a la vida de gran señor que he llevado en Misiones [...] No es preciso ser muy avisado, sin embargo, para adivinar traslúcidos en tal cual relato contrastes y vicisitudes del autor [...] Mis personajes no respiran, por lo general, vida opulenta, y muchos de ellos, los de ambiente desierto, no han conocido otra cosa que la lucha enérgica contra los elementos o la pobreza. En esta última circunstancia se halló, sin desearlo, el autor de estas líneas durante los dos mil seiscientos días de permanencia en Misiones.”


Horacio Silvestre Quiroga muere en Buenos Aires, 17 de febrero de 1937, tras ingerir cianuro después de soportar un doloroso cáncer de próstata.


Bueno y eso es todo por hoy, les dejaré con un poema dedicado a Horacio Quiroga por la inigualable y muy querida argentina Alfonsina Storni.


Morir como tú, Horacio, en tus cabales,

y así como siempre en tus cuentos, no está mal;

un rayo a tiempo y se acabó la feria …

Allá dirán.


No se vive en la selva impunemente,

ni cara al Paraná.

Bien por tu mano firme, gran Horacio …

Allá dirán.


“No hiere cada hora –queda escrito-,

nos mata la final.”

Unos minutos menos … ¿quién te acusa?

Allá dirán.


Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte

que a las espaldas va.

Bebiste bien, que luego sonreías …

Allá dirán.


Sé que la mano obrera te estrecharon,

mas no si Alguno o simplemente Pan,

que no es de fuertes renegar su obra …

(Más que tú mismo es fuerte quien dirá.)


Alfonsina Storni.

Fuente: "Poesías Completas", Soc. Editora Latino Americana, Buenos Aires, año 1968. Url: https://algoespecialpresente.blogspot.com/2019/03/poema-horacio-quiroga-de-alfonsina.html

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Y ese fue el cuento de hoy. Nos vemos en dos semanas, porque la semana entrante hay un día muy especial, fiesta nacional que celebra mi familia, ¡es decir mi cumpleaños! Regresaremos la última semana de noviembre con la chilena María Luisa Bombal, quien nos cuenta la historia de un barco que llega a unas playas sin mar. Hasta el siguiente cuento, adiós, adiós.

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Bibliografía


El Desierto y Otros Cuentos. Horacio Quiroga. Editor Edu Robsy. España. Url: file:///C:/Users/Carol/Downloads/Horacio%20Quiroga%20-%20El%20Desierto%20y%20Otros%20Cuentos%20(1).pdf


The exhiles and other stories, selected, transalted and introduced by J. David Danielson. University of Texas Press, 1987.


Boule-Christauflour, Annie. Horacio Quiroga cuenta su propia vida. En: Bulletin Hispanique, tome 77, n°1-2, 1975. pp. 74-106. Consultado en Internet el 21 de octubre de 2021: https://www.persee.fr/doc/hispa_0007-4640_1975_num_77_1_4169


Espacio Filmica. Una Vida De Amor, Locura Y Muerte: Horacio Quiroga. Consultado en Internet el 21 de octubre de 2021: http://www.filmica.com/jacintaescudos/archivos/007299.html


Taylhardat, Karim. El undécimo mandamiento. Consultado en Internet el 21 de octubre de 2021: https://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/junio_02/18062002_03.htm.


"Poesías Completas", Soc. Editora Latino Americana, Buenos Aires, año 1968. Url: https://algoespecialpresente.blogspot.com/2019/03/poema-horacio-quiroga-de-alfonsina.html


Música


Thinking Back - Max Surla_Media Right Productions

Pablo - The Mini Vandals

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Elegy - Asher Fulero

The Crows Did It - Nathan Moore

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Impending Doom Film Trailer - Doug Maxwell_Media Right Productions

Ether - Silent Partner

Contact - The Tower of Light

They Might Not - Puddle of Infinity

Dance of the U-boat - Aakash Gandhi

Dark Toys – SYBS

Western Spaghetti - Chris Haugen


Dance of Deception by Kevin MacLeod is licensed under a Creative Commons Attribution 4.0 license. https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

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Ghost Processional (Alternate) by Kevin MacLeod is licensed under a Creative Commons Attribution 4.0 license. https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

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