• Carolina Quiroga-Stultz

53 - Tres Autores


En este episodio presentamos una narrativa de creación, dos cuentos cortos y un poema de autor. De esta manera recordamos los pasados cuatro años del programa.



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Este episodio de Tres Cuentos Podcast fue producido con el apoyo de PRX y el Programa de Creadores de Podcasts de Google.


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Primera historia


La creación


La mujer y el hombre soñaron que dios estaba soñándolos.


Mientras dios soñaba su sueño en una nube de humo de tabaco, dios cantaba y sonaba sus maracas sintiéndose contento pero perturbado por la duda y el misterio.


Los indios Maquiritare saben que, si dios se sueña comiendo, él da comida y fertilidad. Si dios sueña acerca de la vida, él nace y da vida.


En su sueño acerca del sueño de dios, la mujer y el hombre estaban en un gran huevo, cantando, bailando y pateando de locura al saberse nacidos. En el sueño de dios la Felicidad era más fuerte que la duda y el misterio. Así que soñando fue que dios los creo con una canción:


“Yo rompo este huevo y la mujer nace y el hombre nace. Y juntos ellos vivirán y morirán. Pero nacerán de nuevo. Nacerán de nuevo y morirán de nuevo y nacerán de nuevo. Nunca dejaran de nacer, porque la Muerte es una mentira”.


(Tomado del libro Memoria del Fuego 1. Los Nacimientos por Eduardo Galeano, publicado por Siglo Veintiuno de España Editores, S.A. 1982)

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Bienvenida


¡Hola! Estimadas y estimados oyentes de Tres Cuentos, el podcast bilingüe dedicado a las narrativas literarias, históricas y tradicionales de Latino América. Soy Carolina Quiroga-Stultz y hoy tendremos un programa especial en el que presentaremos tres autores que han pasado por el programa, Gabriela Mistral, Santiago Dabove y Emilia Pardo Bazán.


Aunque continuamos haciendo la transición del podcast en varios frentes, en el episodio anterior les prometí un programa especial para el verano. Mi objetivo es recordar los pasados cuatro años del programa. Es por eso por lo que iniciamos el episodio con una narrativa de tradición oral coleccionada por el uruguayo Eduardo Galeano en su libro Memoria del Fuego 1. Los Nacimientos. Con este texto recordamos los primeros 18 episodios que fueron dedicados a narrativas tradicionales, mitologías sagradas y algunos cuentos para niños y otros de espantos.


Con el poema que leeré de Gabriela Mistral, recordaremos el viraje que el programa dio en el año 2019 hacia la literatura de autor, y hacia narrativas históricas indígenas, afrodescendientes y Mexicoamericanas que fueron cubiertas desde el episodio 19 al 34.


Con el cuento de Santiago Dabove, recordaremos el año 2021, donde iniciamos con autores afrodescendientes, viajamos hacia posibilidades que nos trae la ciencia ficción y exploramos la fantasía latinoamericana.


Finalmente, con el cuento de Bazán nos mantendremos en la línea femenina que hemos propuesto para este año y le damos la bienvenida a la poesía que llegará en septiembre.


Hoy a diferencia de otras veces no presentaré un comentario después de cada narrativa, solo les recordaré en que episodio podrán encontrar más acerca del autor o autora. Por último, quiero agradecer a Andrés Méndoza por aventurarse a editar este episodio en español y a Lina González por el excelente trabajo ella está haciendo en redes.


Comenzaremos pues con el cuento de Santiago Davobe, continuaremos con el de Bazán y terminaremos con un poema de Gabriela Mistral.


A un joven le es dado hacer un mandado para su madre, pero éste acaba usando el tiempo para imaginarse cómo será su vida, casi hasta el día de su muerte.


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Tren

Santiago Dabove


El tren era el de todos los días a la tardecita, pero venía moroso, como sensible al paisaje.

Yo iba a comprar algo por encargo de mi madre. Era suave el momento, como si el rodar fuera cariño en los lúbricos rieles. Subí, y me puse a atrapar el recuerdo más antiguo, el primero de mi vida. El tren se retardaba tanto que encontré en mi memoria un olor maternal: leche calentada, alcohol encendido. Esto hasta la primera parada: Haedo. Después recordé mis juegos pueriles y ya iba hacia la adolescencia, cuando Ramos Mejía me ofreció una calle asombrosa y romántica, con su niña dispuesta al noviazgo. Allí mismo me casé, después de visitar y conocer a sus padres y al patio de su casa, casi andaluz. Ya salíamos de la iglesia del pueblo, cuando oí tocar la campana; el tren proseguía el viaje. Me despedí y, como soy muy ágil, lo alcancé. Fui a dar a Ciudadela, donde mis esfuerzos querían horadar un pasado quizá imposible de resucitar en el recuerdo.


El jefe de estación, que era amigo, acudió para decirme que aguardara buenas nuevas, pues mi esposa me enviaba un telegrama anunciándolas. Yo pugnaba por encontrar un terror infantil (pues los tuve), que fuera anterior al recuerdo de la leche calentada y del alcohol. En eso llegamos a Liniers. Allí, en esa parada tan abundante en tiempo presente, que ofrece el ferrocarril del Oeste, pude ser alcanzado por mi esposa que traía los mellizos vestidos con ropas caseras. Bajamos y, en una de las resplandecientes tiendas que tiene Liniers, los proveímos de ropas standard, pero elegantes, y también de buenas carteras de escolares y libros. En seguida alcanzamos el mismo tren en que íbamos y que se había demorado mucho, porqué antes había un tren descargando leche. Mi mujer se quedó en Liniers, pero, ya en el tren, gustaba de ver a mis hijos tan floridos y robustos hablando de foot-ball y haciendo los chistes que la juventud cree inaugurar. Pero en Flores me aguardaba lo inconcebible; una demora por un choque con vagones y un accidente en un paso a nivel. El jefe de la estación de Liniers, que me conocía, se puso en comunicación telegráfica con el de Flores. Me anunciaban malas noticias. Mi mujer había muerto, y el cortejo fúnebre trataría de alcanzar el tren que estaba detenido en esta última estación. Me bajé atribulado, sin poder enterar de nada a mis hijos, a quienes había mandado adelante para que bajaran en Caballito, donde estaba la escuela.


En compañía de unos parientes y allegados, enterramos a mi mujer en el cementerio de Flores, y una sencilla cruz de hierro nombra e indica el lugar de su detención invisible. Cuando volvimos a Flores, todavía encontramos el tren que nos acompañara en tan felices y aciagas andanzas. Me despedí en el Once de mis parientes políticos y, pensando en mis pobres chicos huérfanos y en mi esposa difunta, fui como un sonámbulo a la "Compañía de Seguros", donde trabajaba. No encontré el lugar.

Preguntando a los más ancianos de las inmediaciones, me enteré que habían demolido hacía tiempo la casa de la "Compañía de Seguros". En su lugar se erigía un edificio de veinticinco pisos. Me dijeron que era un ministerio donde todo era inseguridad, desde los empleos hasta los decretos. Me metí en un ascensor y, ya en el piso veinticinco, busqué furioso una ventana y me arrojé a la calle. Fuí a dar al follaje de un árbol coposo, de hojas y ramas como de higuera algodonada. Mi carne, que ya se iba a estrellar, se dispersó en recuerdos.


La bandada de recuerdos, junto con mi cuerpo, llegó hasta mi madre. "¿A que no recordaste lo que te encargué?", dijo mi madre, al tiempo que hacía un ademán de amenaza cómica: "Tienes cabeza de pájaro".


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¿Quién no ha dejado volar la cabeza en más de una ocasión imaginándose que le depara la vida?

Para quien desee darle una escuchadita al episodio 39 “Finis” encontraran allí otro cuento de este elusivo argentino Santiago Dabove quien se imaginó cómo la tierra podría acabar y la reacción visceral de aquellos que buscan sobrevivir.


Continuamos pues y es un placer presentar un cuento de la española Emilia Pardo Bazán, ¡dedicado a la pregunta que más de uno se haría si una mujer en el altar dice que no!


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El encaje roto


Emilia Pardo Bazán

Adaptado por Carolina Quiroga


Convidada a la boda de Micaelita Aránguiz con Bernardo de Meneses, y no habiendo podido asistir, grande fue mi sorpresa cuando supe al siguiente día que la novia, al pie del altar, al preguntarle el obispo de San Juan de Acre si recibía a Bernardo por esposo, soltó un «no» claro y enérgico; y cuando la pregunta fue reiterada con extrañeza, y se repitió la negativa, el novio, después de vivir por un cuarto de hora la situación más ridícula del mundo, tuvo que retirarse, deshaciéndose la reunión y el enlace a la vez.

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Tales casos no son inauditos, y solemos leerlos en los periódicos; pero ocurren entre gente de clase humilde, de muy modesto estado, en esferas donde las conveniencias sociales no avergüenzan la manifestación franca y espontánea del sentimiento y de la voluntad.


Lo peculiar de la escena provocada por Micaelita era el medio ambiente en que se desarrolló.

Me parecía ver el cuadro, y no podía consolarme de no haberlo contemplado por mis propios ojos. Me imaginaba el salón atestado, la escogida concurrencia, las señoras vestidas de seda y terciopelo, con collares de pedrería; al brazo la mantilla blanca para ponérsela en el momento de la ceremonia;

los hombres, con resplandecientes placas o luciendo medallas de órdenes militares en el delantero del frac; la madre de la novia, ricamente prendida, atareada, solícita, de grupo en grupo, recibiendo felicitaciones; las hermanitas, conmovidas, muy monas, de rosa la mayor, de azul la menor, ostentando los brazaletes de turquesas, regalo del futuro cuñado; el obispo que habría de bendecir la boda, charlando grave y afablemente, sonriendo, dignándose a soltar chanzas urbanas o discretos elogios,

mientras allá, en el fondo, se adivina el misterio del oratorio revestido de flores, una inundación de rosas blancas, desde el suelo hasta la cupulilla, donde convergen radios de rosas y de lilas como la nieve, sobre rama verde, artísticamente dispuesta, y en el altar, la efigie de la Virgen protectora de la aristocrática mansión, semioculta por una cortina de azahar, enviada desde Valencia por el riquísimo propietario Aránguiz, tío y padrino de la novia, que no vino en persona por viejo y achacoso. Al igual me imagino un grupo de hombres me donde encontramos al novio algo nervioso, ligeramente pálido, mordiéndose el bigote sin querer, inclinando la cabeza para contestar a las delicadas bromas y a las frases halagüeñas que le dirigen…


Y, por último, me imagino aparecer en el marco de la puerta que da a las habitaciones interiores una especie de aparición, la novia, cuyas facciones apenas se divisan bajo la nubecilla del tul, y que pasa haciendo crujir la seda de su traje, mientras en su pelo brilla, como sembrado de rocío, la roca antigua del aderezo nupcial… Y ya la ceremonia se organiza, la pareja avanza conducida con los padrinos, la cándida figura se arrodilla al lado de la esbelta y airosa del novio… Primero se apíña la familia, buscando buen sitio para ver amigos y curiosos, y entre el silencio y la respetuosa atención de los circunstantes… el obispo formula una interrogación, a la cual responde un «no» seco como un disparo, rotundo como una bala.


Y me imaginé el movimiento del novio, que se revuelve herido; el ímpetu de la madre, que se lanza para proteger y amparar a su hija; la insistencia del obispo, forma de su asombro; el estremecimiento del concurso; el ansia de la pregunta transmitida en un segundo: «¿Qué pasa? ¿Qué hay? ¿La novia se ha puesto mala? ¿Que dice «no»? Imposible… Pero ¿es seguro? ¡Qué episodio!…«

Todo esto, dentro de la vida social, constituye un terrible drama. Y en el caso de Micaelita, al par que drama, fue enigma. Nunca llegó a saberse de cierto la causa de su súbita negativa.

Micaelita se limitaba a decir que había cambiado de opinión y que era bien libre y dueña de cambiar de opinión, aunque fuese al pie del altar. Los íntimos de la casa se devanaban los sesos, emitiendo suposiciones inverosímiles. Lo indudable era que todos vieron, hasta el momento fatal, a los novios satisfechos y enamoradísimos; y las amiguitas que entraron a admirar a la novia engalanada, minutos antes del escándalo, referían que estaba loca de contento y tan ilusionada y satisfecha, que no se cambiaría por nadie. Datos eran estos para oscurecer más el extraño enigma que por largo tiempo dio pie a la murmuración.


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A los tres años -cuando ya casi nadie iba acordándose de lo sucedido en las bodas de Micaelita-, me la encontré en un balneario de moda donde su madre tomaba las aguas. No hay cosa que facilite las relaciones como la vida de balneario, y la señorita de Aránguiz se hizo tan íntima mía, que una tarde paseando hacia la iglesia, me reveló su secreto, afirmando que me permite divulgarlo, en la seguridad de que explicación tan sencilla no será creída por nadie.


-Fue la cosa más tonta… De puro tonta no quise decirla; la gente siempre atribuye los sucesos a causas profundas y trascendentales, sin reparar en que a veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las «pequeñeces» más pequeñas… Pero son pequeñeces que significan algo, y para ciertas personas significan demasiado. Verá usted lo que pasó: y no concibo que no se enterase nadie, porque el caso ocurrió allí mismo, delante de todos; solo que no se fijaron porque fue, realmente, un decir Jesús.

Ya sabe usted que mi boda con Bernardo de Meneses parecía reunir todas las condiciones y garantías de felicidad. Además, confieso que mi novio me gustaba mucho, más que ningún hombre de los que conocía y conozco; creo que estaba enamorada de él. Lo único que sentía era no poder estudiar su carácter; algunas personas le juzgaban violento; pero yo le veía siempre cortés, deferente, blando como un guante. Y recelaba que adoptase apariencias destinadas a engañarme y a encubrir una fiera y avinagrada condición. Maldecía yo mil veces la sujeción de la mujer soltera, para la cual es imposible seguir los pasos a su novio, ahondar en la realidad y obtener informes leales, sinceros hasta la crudeza -los únicos que me tranquilizarían-. Intenté someter a varias pruebas a Bernardo, y salió bien de ellas; su conducta fue tan correcta, que llegué a creer que podía fiarle sin temor alguno mi porvenir y mi dicha.

Llegó el día de la boda. A pesar de la natural emoción, al vestirme el traje blanco reparé una vez más en el precioso volante de encaje que lo adornaba, y era el regalo de mi novio. Había pertenecido a su familia aquel viejo Alençón auténtico, de una tercia de ancho -una maravilla-, de un dibujo exquisito, perfectamente conservado, digno del escaparate de un museo. Bernardo me lo había regalado encareciendo su valor, lo cual llegó a impacientarme, pues por mucho que el encaje valiese, mi futuro esposo debía suponer que era poco para mí.


En aquel momento solemne, al verlo realzado por el denso raso del vestido, me pareció que la delicadísima labor significaba una promesa de ventura y que su tejido, tan frágil y a la vez tan resistente, prendía en sutiles mallas dos corazones. Este sueño me fascinaba cuando eché a andar hacia el salón, en cuya puerta me esperaba mi novio. Al precipitarme para saludarle llena de alegría por última vez, antes de pertenecerle en alma y cuerpo, el encaje se enganchó en un hierro de la puerta, con tan mala suerte, que al quererme soltar oí el ruido peculiar del desgarrón y pude ver que un jirón del magnífico adorno colgaba sobre la falda. Solo que también vi otra cosa: la cara de Bernardo, contraída y desfigurada por el enojo más vivo; sus pupilas chispeantes, su boca entreabierta ya para reprimirme y lanzar una injuria… No llegó a tanto porque se encontró rodeado de gente; pero en aquel instante fugaz se alzó un telón y detrás apareció desnuda un alma.


Debí de sonrojarme, pero por fortuna el tul de mi velo me cubría el rostro. En mi interior algo crujía y se despedazaba, y el júbilo con que atravesé el umbral del salón se cambió en horror profundo. Bernardo se me aparecía siempre con aquella expresión de ira, dureza y menosprecio que acababa de ver en su rostro; esta convicción se apoderó de mí, y con ella vino otra: la de que no podía, la de que no quería entregarme a tal hombre, ni entonces, ni jamás… Y, sin embargo, fui acercándome al altar, me arrodillé, escuché las exhortaciones del obispo… Pero cuando me preguntaron, la verdad me saltó a los labios, impetuosa, terrible… Aquel «no» brotaba sin proponérmelo; me lo decía a mí misma… ¡para que lo oyesen todos!


-¿Y por qué no declaró usted el verdadero motivo, después de todos los comentarios que se hicieron?


-Lo repito: por su misma sencillez… No me lo hubieran creído. Lo natural y vulgar es lo que no se admite. Preferí dejar creer que había razones de esas que llaman serias…


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Cierto es que a veces no está mal dejar que los demás teoricen sobre las razones por la cuales decidimos hacer las cosas, porque no todo tiene que ser explicado.


Finalizamos el programa entonces con un poema de la chilena Gabriela Mistral dedicado a la palabra.


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Una palabra

Por Gabriela Mistral


Yo tengo una palabra en la garganta

y no la suelto, y no me libro de ella

aunque me empuja su empellón de sangre.

Si la soltase, quema el pasto vivo,

sangra al cordero, hace caer al pájaro.


Tengo que desprenderla de mi lengua,

hallar un agujero de castores

o sepultarla con cal y mortero

porque no guarde como el alma el vuelo.


No quiero dar señales de que vivo

mientras que por mi sangre vaya y venga

y suba y baje por mi loco aliento.

Aunque mi padre Job la dijo, ardiendo,

no quiero darle, no, mi pobre boca

porque no ruede y la hallen las mujeres

que van al río, y se enrede a sus trenzas

o al pobre matorral tuerza y abrase.


Yo quiero echarle violentas semillas

que en una noche la cubran y ahoguen,

sin dejar de ella el cisco de una sílaba.

O rompérmela así, como la víbora

que por mitad se parte entre los dientes.


Y volver a mi casa, entrar, dormirme,

cortada de ella, rebanada de ella,

y despertar después de dos mil días

recién nacida de sueño y olvido.


¡Sin saber ¡ay! que tuve una palabra

de yodo y piedra-alumbre entre los labios

ni poder acordarme de una noche,

de la morada en país extranjero,

de la celada y el rayo a la puerta

y de mi carne marchando sin su alma!


*

¿Bueno quién no ha tenido alguna palabra que se le atore en la garganta? de esas que es mejor reservar para otro momento o quizá dejar salir como en el cuento de Bazán. Para aquellos que les gustaría conocer un poco más acerca de la chilena Gabriela Mistral pueden visitar el episodio 28 “La Palabra Maldita,” en el cual revisamos un poquito el pensamiento de esta mujer.


Bueno y eso es todo por hoy, regresaremos en septiembre a celebrar el mes de la herencia hispana con la poesía de diferentes mujeres que han vivido y respirado las complejidades de las historias del continente americano. Hasta el siguiente cuento, adiós, adiós.

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Tres Cuentos Podcast es producido con el apoyo de PRX y el Programa de Creadores de Podcasts de Google.

Tres Cuentos es un ejercicio de adaptación e investigación creativa.

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La edición de audio estuvo a cargo de Andrés Mendoza.

La lista de créditos por canción y las fuentes de información las puedes encontrar en la transcripción.


Nos escuchamos pronto, adiós, adiós.


Bibliografía


Tren, Santiago Dabove. URL: https://ciudadseva.com/texto/el-tren-dabove/

El encaje roto. https://biblioteca.org.ar/libros/8294.pdf

Memoria del Fuego 1. Los Nacimientos por Eduardo Galeano, publicado por Siglo Veintiuno de España Editores, S.A. 1982



Créditos


Relax Chill Jazz

Inspiring Ethnic

-

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24495 old train arrival - outside train-full

Satie Orchestral Gymnopedie No. 1

Atmospheric Tension

Sadness

Prince of Darkness

Relax Chill Jazz

Male_Breathing_Continuous_Heavy_Breathes_Tired_OCP-1329-012-02

Atmospheric Tension

Satie Orchestral Gymnopedie No. 1

-

Mountain Audio - Church Bell

Delicate Orchestral Strings

Cherished Memories

CrowdReaction_DIGIFX5-37-03

Crowd Walla

Tomorrow

Bossa Ident

HarpAscenGliss7thC MA018301

Ripping Cloth 01

Inspiring Classical Cello Solo

Soaring Above the Clouds

Haunted Mansion.1

-

Emotions





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