• Carolina Quiroga-Stultz

21 - Autores Latinos


Unas mujeres muy devotas invitarán a sus vidas a un muchacho que según las piadosas feligresas es la misma encarnación de un santo; sin sospechar que sus devociones les jugaran una mala pasada. Más adelante hablaremos de los turbulentos tiempos en que Tomas Carrasquilla vivió, donde comenzó el odio acérrimo entre Liberales y Conservadores.


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Fuentes:

1. (2010) "Religion in Latin America," Hemisphere: Vol. 19 : Iss. 1, Article 1. Available at: http://digitalcommons.fiu.edu/lacc_hemisphere/vol19/iss1/1

2. Same magazine, Religious Diversity in Colombia By Sandra Ríos

3. Guerra y Religión en Colombia by Carlos Arboleda. Universidad Pontificia Bolivariana. Medellín, Colombia, 2006. (PDF)

4. http://www.tomascarrasquilla.net/node/151 - Tejada, Luis. Crónicas para leer en el tranvía. Comfama - Metro de Medellín, Medellín, julio de 2008, p.p.: 56 - 58.

5. http://www.banrepcultural.org/biblioteca-virtual/credencial-historia/numero-98/jose-hilario-lopez-y-la-expulsion-de-los-jesuitas-en-1850

6. file:///C:/Users/DJes%C3%BAsQP/Downloads/Dialnet-MatrimonioYDivorcioDuranteElRadicalismoLiberal1849-5755039%20(1).pdf

7. https://www.buscapalabra.com/poemas.html?palabras=iglesia&cortos=no

8. Libro online: https://www.buscapalabra.com/poemas.html?palabras=iglesia&cortos=no

9. Caballero, Antonio. Historia de Colombia y sus Oligarquías. Ministerio de Cultura. Biblioteca Nacional de Colombia. 2018

10. https://www.poesi.as/pbj007.htm


San Antoñito

Por Tomas Carrasquilla

Adaptado por Carolina Quiroga-Stultz


Aguedita Paz era una criatura entregada a Dios y a su santo servicio. Monja fracasada por estar ya pasadita de edad cuando le vinieron los hervores monásticos, quiso entonces hacer de su casa un simulacro de convento, pero solo en el sentido decorativo de la palabra.

Igualmente quiso hacer de su vida algo como un apostolado, y toda ella se entregó a los asuntos de iglesia y sacristía, a la conquista de almas para la mayor honra y gloria de Dios. Y hasta se dedicó a aconsejar a quien se lo pidiera o no, pero no se dio tanto a eso de socorrer pobres y visitar enfermos.


Aguedita iba de su casita para la iglesia y de la iglesia para su casita. Los días se le iban entre gestiones y santas intriguillas, componiendo altares, remontando y zurciendo la indumentaria eclesiástica, barriendo y embelleciendo todo lo que se relacionase con el culto.


En tales campañas llegó a hacerse amiga íntima con Damiancito Rada, un mocosuelo muy pobre, muy devoto, y monaguillo mayor en procesiones y ceremonias. En quien la buena señora deposito un cariño tierno a la vez que extravagante, harto raro por cierto en gentes célibes y devotas. Damiancito se convirtió en su brazo derecho y su paño de lágrimas. Él la ayudaba barriendo y sacudiendo, lavando y lustrando candelabros e incensarios; a su cargo estaba el acarreo de flores, musgos y forrajes para el altar, y era además primer ayudante y asesor en los grandes días de repicar recio las campanas.


Damiancito era sumamente rezandero, comulgador insigne, juicioso dentro y fuera de la escuela, de carácter sumiso, dulzarrón y recatado, enemigo de los juegos estruendosos de la chiquillería, y muy dado a enfrascarse en piadosos libros como "La Monja Santa" y "Práctica de Amor a Jesucristo".


Pronto Aguedita, merced a sus clarividencias e inspiraciones, llego a adivinar en Damián Rada no un curita de misa y olla, sino un doctor de la Iglesia; que en tiempos no muy lejanos brillaría cual astro de sabiduría y santidad, para honra y glorificación de Dios.


Pero primero el muchacho debía educarse en el seminario. Lo malo del asunto era la pobreza e infelicidad de los padres del predestinado y la no mucha abundancia de su protectora. Sin embargo, ella no era del tipo que renuncia a tan sublimes ideales. Además, con seguridad, dichos obstáculos financieros eran la red con que el Patas, el mismo satanás, le trataba de estorbar el vuelo a aquella joven alma que algún día había de remontarse serena, serena como una palomita, hasta su Dios.


Aguedita: ¡Pues no! ¡No lograra el Patas sus intentos!


Y discurriendo y pensando en cómo rompería la diabólica maraña, la muy recursiva señora se dio a educar y adiestrar a Damiancito en tejidos de red y "crochet". Esperando que así, pudieran recaudar una dote para el futuro santo. Y tan inteligente resultó el discípulo, que al cabo de pocos meses las delicadas manos de Damián habían bordado un ropón con muchas ramazones y arabescos que eran un primor.


La túnica se vendió por catorce pesos.


Tras la primera venta, vino otra, y luego otra. Tales ganancias le abrieron a la señora Aguedita tamaña agalla. Se fue pa’ donde el cura y le pidió permiso para hacer un bazar a beneficio de Damián. El párroco acepto, y armada de tal concesión y de su mucha elocuencia y seducciones, la mujer encontró apoyo en todo el señorío del pueblo. El éxito casi trastornó a la buena señora, porque es que recaudaron: ¡sesenta y tres pesos!


La fama de las virtudes de Damián, se extendieron por toda la parroquia; eso sumado a la fealdad casi ascética y decididamente eclesiástica del beneficiado le formaron una aureola, que las mujeres y gentes piadosas podían ver. Así comenzaron a llamarlo "El curita de Aguedita", y por un buen tiempo no se habló de otra cosa que de sus virtudes, austeridades y penitencias.


El futuro curita ayunaba por temporadas y cada cuaresma, antes que su Santa Madre Iglesia se lo ordenase. El joven que apenas entraba por los quince años comía con una frugalidad eminentemente franciscana; y se dieron veces en que el ayuno fuera al traspaso cerrado.

A veces el curita de Aguedita se iba en busca de las soledades, para hablar con su Dios y leer unos párrafos de la obra "Imitación de Cristo", que siempre llevaba consigo. Dizque unas leñadoras contaron haberle visto metido entre una barranca, arrodillado y compungido, dándose golpes de pecho con una mano de moler.


Hay quienes aseguraron que, en un paraje muy remoto y umbrío, el mártir había hecho una cruz de sauce y que en ella se crucificaba horas enteras a cuero pelado; y nadie lo dudaba, pues Damián volvía siempre ojeroso, macilento, de los éxtasis y crucifixiones. En fin, que Damiancito vino a ser el santo de la parroquia, el pararrayos que libraba a tanta gente mala de las cóleras divinas. Incluso, a las señoras limosneras se les hizo preciso que su limosna pasara por las manos de Damián, y todas le pedían que las incluyera en sus santas oraciones.


Y como las virtudes exhalan un perfume de santidad ejerciendo un poder mágico en aquellos que lo respiran, Damián, aunque bicho raquítico, arrugado y enteco, aviejado y paliducho de rostro, muy rodilli-junto y pati-apartado, contraído de pecho y maletón, pues le resultó a más de una que lo miraba de reojo hasta bonito e interesante.


Paso de ser llamado “El Curita de Aguedita” a ser referido como "San Antoñito". Y como San Antoñito lo llamaban, por San Antoñito entendía. Al salir de la iglesia, con su paso tan menudito, sus codos tan remendados, pero tan aseadito y decoroso las señoras decían:

Mujeres: "¡Tan queridito!" "¡Tan bello ese modo de rezar con sus ojos cerrados! ¡La unción de esa criatura es una cosa que edifica! Esa sonrisa de humildad y mansedumbre. ¡Si hasta en el caminado se le ve la santidad!".


Una vez recogidos los fondos suficientes para ayudarle a Damiancito con sus futuros estudios teológicos, Aguedita se puso manos a la obra. Se reunió con los padres del muchacho, le arregló el ajuar; comulgó con él en una misa a la Santísima Trinidad para el éxito de la empresa; le dio los últimos consejos, y una mañana muy fría de enero vio partir a San Antoñito montando un burro nuevo, y escoltado por un muchacho que le llevaba la maleta.

Mientras tanto Aguedita, quien estaba emparentada con varias señoras acaudaladas de Medellín, había gestionado de antemano para su protegido un hospedaje en el hostal de las señoras del Pino.


Una vez llego el santico a su destino, el encanto del muchacho sedujo a las señoras del Pino, doña Pacha y Fulgencita. Inmediatamente llamaron al maestro Arenas, el sastre del Seminario, para que le tomase las medidas al presunto seminarista y le hiciese una sotana y un manteo y un terno de lanilla carmelita para las grandes ocasiones y trasiegos callejeros. Las hermanas del Pino le consiguieron al muchacho la banda, el tricornio y los zapatos. Finalmente, doña Pacha se apersonó de ir al Seminario para recomendar ante el Rector a Damián.


Pero ¡oh desgracia! No pudo conseguir la beca: todas estaban comprometidas y sobraban candidatos. Sin embargo, doña Pacha no se amilano. De regreso del Seminario entró a la Catedral e imploró auxilio al Espíritu Santo para que la iluminase en semejante dilema. Y la iluminó.


Se le ocurrió verse con doña Rebeca Hinestrosa de Gardeazábal - dama viuda, riquísima y piadosa- a quien le pintó la necesidad de darle al santico almuerzo y comida.

Cumplida la misión, doña Pacha salió felicísima y radiante para su casa, y en un dos por tres habilitó un cuartito diminuto para el seminarista. Un cuartucho por allá junto a la puerta falsa donde guardaban las herramientas; y aunque pobres, se propuso darle ropa limpia, alumbrado, merienda y desayuno a su nuevo protegido.


Uno de los huéspedes, Juan de Dios Barco, el más mimado de las señoras por su perfecto cristianismo y as en el Apostolado de la Oración, le regaló a Damiancito algo de su ropa – que estaba en muy buen estado- y un par de botines que le quedaron algo grandes. Para acabar de completar, Juancho le consiguió al recién llegado, los textos y útiles escolares rebajados en la Librería Católica.


No habían transcurrido tres meses y ya Damiancito era dueño del corazón de sus patronas y de cuanto huésped arrimaba a aquella casa de asistencia tan popular en Medellín. Eso era un contagio.


Lo que más encantaba a las señoras era aquella parejura de genio; aquella sonrisa mueca; aquella cosa indefinible, de ángel raquítico y enfermizo, que hasta a esos dientes podridos y disparejos daba un destello de algo nacarino. Era como si la luz de su alma se filtrase por sus ojos, por los poros de ese muchacho tan feo, pero a la par que tan hermoso.


Al final de cuentas a las señoras se les hizo Damián un ser necesario. Gradualmente, a invitación de las patronas Damiancito se fue quedando, ya a almorzar, a comer en casa; y llegó el día en que se le envió un recado a la señora de Gardeazábal, de que ellas se quedaban definitivamente con el encanto. Ellas le darían todas las comidas que su raquítico cuerpo necesitaba.


Pacha: Lo que más me impresiona del muchachito es esa moderación con nosotras y con los mayores. ¿No te has fijado, Fulgencia, que si no le hablamos él no es capaz de dirigirnos la palabra por su cuenta?


Fulgencia: ¡Ahí! ¡Esa aplicación d'ese niño! ¡Y ese juicio que parece de viejo! ¡Y esa vocación para el sacerdocio! ¡Y esa modestia: ni siquiera por curiosidad ha alzado a ver a Candelaria!


La susodicha Candelaria, era una muchacha criada por las señoras con mucho recato y temor de Dios. Sin sacarla de su esfera y condición, las hermanas del Pino mimaban a Candelaria cual si fuera su propia hija; y como no era mal parecida y en el hostal no faltaba quien le echara el ojo, las señoras no la perdían de vista ni un instante.


Cuando doña Pacha se entero acerca de las habilidades del pupilo como tejedor lo puso manos a la obra, y pronto varias señoras ricas y encopetadas le encargaron antimacasares y cubiertas de muebles. Un día hasta le encomendaron un cubrecama para una novia... ¡Oh! ¡Y en dicho encargo sí que vieron las señoras los dedos un ángel! Sobre aquella red sutil e inmaculada, cual telaraña de la gloria, albeaban con sus pétalos manojos de azucenas, y volaban como almas de vírgenes unas mariposas aseñoradas, de una gravedad coqueta y desconocida. De los dedos milagrosos de Damián salió aquel cubrecama de pureza a velar por el lecho de la desposada.


Etéreo como una revelación de los mundos celestiales quedó Damiancito con los atavíos; y cual si ellos influyesen en los vuelos de su espíritu sacerdotal, iba creciendo a la par en sapiencias de la latinidad. Agachado en su mesita leia del latín al romance y del romance al latín, a Cornelio Nepote y a Cicerón, y hasta a San Juan de la Cruz.


La cabecera de su casta camita era un puro pegote de estampitas y medallas, a cuál más religioso. Allí estaban Nuestra Señora del Perpetuo, con su rostro flacucho tan parecido al del seminarista; allí estaba Martín de Porres, que armado de su escoba representaba a los negros del Cielo; y el escapulario de alto relieve del Sagrado Corazón destacaba con sus chorrerones de sangre sobre el blanco disco de franela.


Doña Pacha, entusiasmada con las virtudes y angelismo del curita, y acaso por su misma religiosidad, estuvo a punto de caer en un cisma. Ciertamente admiraba a los sacerdotes, y sobre todo al Rector del Seminario, pero no le pasaba ni envuelto en hostias eso de que no le diesen una beca a un ser como Damián; a ese pobrecito desheredado de los bienes terrenales, pero tan millonario en las riquezas eternas.


El Rector podría saber mucho; tanto, si no más que el Obispo; pero ni él ni su Ilustrísima habían estudiado al predestinado, ni mucho menos le habían comprendido. Porque de haberlo hecho, le quitarían la beca a uno para dársela a Damiancito. Si pudieran ver lo que ella veía en él, sabrían que la iglesia antioqueña iba a tener en Damián un San Tomasito de Aquino. Eso sí, si es que antes el pobre no se moría porque el muchacho no parecía cosa para este mundo.


Mientras que doña Pacha fantaseaba sobre las excelsitudes morales de Damián, Fulgencita se daba a mimarle el cuerpo endeble que aprisionaba aquella alma apenas comparable al cubrecama consabido. Todos los días le daba chocolate sin harina de lo más concentrado y espumoso; aquel chocolate con que las hermanas se regodeaban en sus horas de sibaritismo.


Lo más selecto de los postres con que regalaban a sus comensales iban a dar en raciones frailescas a la tripa del seminarista, que gradualmente se iba anchando y anchando.

Y la cama de Damian que antes fuera dura tarima de costurero, se transformó en un blando colchón con almohadas, y almidonadas sábanas y fundas. Ni la madre más tierna repasa ni revisaba los indumentos interiores de su unigénito cual lo hacía Fulgencita con las camisas, medias y con aquella otra pieza que no pueden nombrar las "misses".


Y aunque la señora era un tanto asquienta y poca amiga de entenderse con ropas ajenas, limpias o sucias, no le asqueo ni remotamente manejar los trapitos del seminarista. ¡Si es que, al manejarlas, sentía el olor de pureza que deben exhalar los suaves plumones de los ángeles! Por último, como era famosa dobladora de tabacos, le hacía unos largos y aseñorados a Damiancito, para que los fumase a solas en sus breves instantes de vagar.



Mientras tanto la hermana, Doña Pacha se alarmaba a menudo con los mimos y tratos especiales que Fulgencia le daba al muchacho, le parecían un tanto sensuales y poco parcos tales refinamientos y tabaqueos.


Pero su hermana le replicaba que un niño tan estudioso y consagrado necesitaba buen alimento. Sin salud no podía haber sacerdotes, y aquella a alma tan sana no podían malearla las insignificancias de unos cuatro bocados más sabrosos que la bazofia ordinaria y cotidiana que comían los demas. Ni mucho menos el humo de un cigarro. Y que, así como esa alma se alimentaba de las dulzuras celestiales, también el pobre cuerpo que la envolvía podía gustar algo dulce y sabroso, más aun cuando Damiancito le ofrecía a Dios todos sus goces puros e inocentes.


Por lo regular justo después finalizar quehaceres y ocupaciones y de rezar el rosario -en que Damián hacía el coro, todo él ojicerrado, todo él recogido, todo extático sobre la áspera estera antioqueña que cubría el suelo - solía Damián leerles algún libro místico del padre Fáber. Aquel clerigo que siendo anglicano se convirtió en católico.


Y era todo un encanto escuchar aquella vocecilla gangosa que se desquebrajaba al salir por aquella dentadura desportillada, dando el tono, el acento, el carácter místico de oratoria sagrada. Por ejemplo, leyendo "Belén" - el poema de la Santa Infancia, libro en que el padre converto Fáber puso su corazón - Damián ponía una cara, unos ojos, una mueca que a Fulgencia se le antoja pensar que eran como una santa transfiguración. Y más de una lágrima derramo la buena señora escuchando esas leyendas.


Así pasó el primer año, y, como era de esperarse, el resultado de los exámenes fue estupendo. Y fue tanto el desconsuelo de las señoras al pensar que Damiancito se iría durante las vacaciones, que él muchacho determinó no irse para su pueblo y más bien quedarse en la ciudad a fin de repasar los cursos ya hechos y prepararse para los siguientes.


Y cumplió el programa con todos sus puntos y comas: entre textos y encajes, entre redes y cuadernos, rezando a ratos, meditando con frecuencia, pasó los asuetos; y sólo salía a la calle a las diligencias y compras que a las señoras se les ocurrían, y a ciertos paseos vespertinos a las afueras más solitarias de la ciudad, pero eso sí solo porque las señoras le obligaban.


Pasó el año siguiente; pero no sin que antes se acrecentara el prestigio, la sabiduría, la virtud sublime de aquel santo precoz. Tampoco paso la santa antipatía de doña Pacha por el Rector del Seminario, pensando en la injusticia para con su santico, y asqueada de ese espíritu de favoritismo que aun en los mismos seminarios cundía e imperaba.


Como a fines de ese año, al tiempo que los exámenes se terminaban, se les ocurrió a los padres de Damián venir a visitarlo a Medellín, y como Aguedita -la primera madrina de Damian - estuviera de viaje, concertaron las patronas, con licencia paterna, que esta vez tampoco Damián fuese a pasar las vacaciones a su pueblo.


Tal resolución les vino a las señoras, no tanto por la falta que Damián iba a hacerles, sino por la extremada pobreza y miseria que revelaban aquellos viejecitos, los padres del joven. Quienes eran un par de campesinos de lo más sencillos e inocentes, para quienes la manutención de su hijo iba a ser, si bien por pocos días, un carga pesada y agobiadora. Y Damián, este ser obediente y sometido, a todo dijo amén, con la mansedumbre de un cordero. Y sus padres, después de bendecirle, partieron llorando de agradecimiento a aquellas patronas tan bondadosas y a mi Dios que les había dado aquel hijo.


¡Ellos, unos pobrecitos montañeros, unos ñoes, unos muertos de hambre, taitas de un curita! Ni podían creerlo. ¡Si tan solo su Divina Majestad les dejara vivir hasta verlo cantar misa o alzar con sus manos la Hostia, el Cuerpo y Sangre de mi Señor Jesucristo! Y aunque muy pobrecitos - porque solo tenían la tierrita, la vaca, la media roza, las cuatro matas de la huerta- de todo saldrían a trueque, si fuera necesario, para ver a Damiancito hecho cura.


En cuanto a la señora Aguedita, pues el cuajo se le ensanchaba de regocijo, la glorificación de Dios le rebullía por dentro al pensar en aquel sacerdote, casi obra suya. Y la parroquia misma, al sentirse patria de Damián, sentía ya vibrar por sus aires el soplo de la gloria, el hálito de la santidad: sentíase la Padua chiquita.


Mientras tanto no cedía doña Pacha en su idea de conseguirle la beca. Con la tenacidad de las almas bondadosas y fervientes buscaba y buscaba la ocasión; y la encontró. Paso que un día, por allá en Julio, apareció por la casa, como caída del cielo y en calidad de huésped, doña Débora Cordobés. Una señora briosa y espiritual, paisana y próxima parienta del Rector del Seminario. Al enterarse doña Pacha del parentesco encargo a dona Débora de la intriga.


Y la mujer se prestó para tan honorable misión, prometiendo conseguir del Rector lo requerido. Ese mismo día solicitó por el teléfono una entrevista con su ilustre allegado, y al Seminario fue a dar a la siguiente mañana.


A la espera de un resultado positivo, Doña Pacha se quedó atragantándose de rezos, de Te Deums y Magníficats. Al tiempo corría Fulgencita a arreglar la maleta y todos los trastos del curita, no sin quejarse un poquillo por la separación de este niño que era como la veneración de la casa.


Y así pasaron las horas, y doña Débora no aparecía. El que llego fue Damián, con sus libros bajo el brazo, siempre tan parejo y sonreído. Doña Pacha quería sorprenderlo con la buena nueva, pero se contuvo. Sin embargo, Fulgencita no pudo y le dio unas pistas.


Y era tal la ternura de esa alma, llena de tanta gratitud hacia las patronas, que, en medio de su dicha, Fulgencita juro notar cierta angustia, seguro de tener que dejarlas. Inmediatamente, el muchacho al tiempo que había llegado, necesito salir de nuevo, Fulgencita quiso detenerlo, pero el pobrecito tenía que ir a la Plaza del Mercado a llevar una carta a un arriero, una carta para Aguedita.


Damián que sale, y doña Débora que entra inflamada por el calor y el apresuramiento. En cuanto se sienta la mensajera las hermanas Pino la interrogan, quieren sacarle de un tirón la gran noticia.


Débora: ¡Déjenme descansar y les cuento!


Se le acercan, la rodean, la asedian. No respiran.


Débora: ¡Mis queridas! ¡Se las comió el santico! ¡Hablé con Ulpianito: hace más de dos años que no ha vuelto al seminario!... ¡Ulpianito ni se acordaba de él!...


Fulgencia y Pacha: ¡Imposible! ¡Imposible!


Débora: No ha vuelto... ¡Ni un día! Ulpianito ha averiguado con el Vicerrector, con los Pasantes, con los Profesores del Seminario. Ninguno lo ha visto. El portero, cuando oyó las averiguaciones, contó que ese muchacho estaba entregado a la vagamundería. Por ai dizque lo ha visto en malos pasos. Según cuentan, hasta donde los protestantes dizque ha estado...


Fulgencia: ¡Esa es una equivocación, misiá Débora!


Pacha: ¿Eso es para no darle la beca! ¡Quién sabe en qué enredo habrán metido a ese pobre angelito!...


Fulgencia: ¡Sí, Pacha! A misiá Débora la han engañado. Nosotras somos testigas de los adelantos de ese niño; él mismo nos ha mostrado los certificados de cada mes y las calificaciones de los certámenes.


Pacha: Pues no entiendo, mis señoras, o Ulpiano me ha engañado o aquí hay gato encerrao

En dicho acalorado momento Juan de Dios Barco aparece.


Fulgencia: ¡Oiga, Juancho, por Dios! Camine, oiga estas brujerías. ¡Cuéntele, misiá Débora!


La mensajera resumió la noticia en tres palabras, pero al igual que las otras dos mujeres Juancho protesto. Ahora que tenía a todos en contra doña Débora se dio por vencida. Pero Pacha no, se fue corriendo al teléfono y llamo al Seminario.


¡Tilín!... ¡Tilín!...


Pacha :¡Central!... ¡Rector del Seminario!...


¡Tilín!... ¡Tilín!...


Una vez comunicada con el rector del Seminario, Pacha exasperada comienza a alegar, pero pronto ya ni habla, como que oye y no oye, no entiende; se enreda, tartamudea, ofuscada y confundida le pasa la bocina a Juancho y escucha temblorosa. Mientras tanto siente que la serpiente engañosa del paraíso se enrosca a su alrededor. Juancho termina la llamada, da las gracias, se despide, cuelga la bocina y piensa.


Luego, con aquella cara anodina de zuavo de Cristo, se vuelve hacia las señoras; y con aquella voz de inmutable simpleza dice:


Juancho: -¡Nos vio la ca-ra el pen-de-je-te!


Fulgencia se derrumba sobre un asiento. Siente que se desmorona, que se deshiela moralmente. No se asfixia porque estalla en un sollozo. Con voz enronquecida y temblona doña Pacha dice:


Pacha: ¡No llorés, Fulgencia!¡Dejámelo a mi!


Fulgencia se levanta y toma a la hermana del brazo.


Fulgencia: ¡Vea, mi queridita! No le vaya a decir nada a ese pobre. Déjelo siquiera que almuerce.

Doña Pacha estalla


Pacha: ¡Que no le diga! ¡Que no le diga! ¡Que venga aquí ese pasmao!... ¡Jesuíta! ¡Hipócrita!


Fulgencia: ¡No, por Dios, Pacha!...


Pacha: ¡De mí no se burla ni el Obispo! ¡Vagamundo! ¡Perdido! ¡Engañar a unas tristes viejas! ¡Robarles el pan que podían haberle dado a un pobre que lo necesitara! ¡Ah, malvado! ¡Comulgador sacrílego! ¡Inventor de certificados y de certámenes!... ¡Hasta protestante será!

En medio de la trifulca intervienen doña Débora y Juancho. Suplican. Doña Pacha se calma.


Pacha: ¡Bueno!¡Jartálo de almuerzo hasta que se reviente! Pero eso sí: ¡chocolate del de nosotras sí no le das a ese sinvergüenza! ¡Que beba aguadulce o que se largue sin sobremesa!


Y erguida, llena de indignación, corre a servir el almuerzo. Fulgencita alza a mirar, como implorando auxilio a la imagen de San José, su santo predilecto. A poco llega el santico, más humilde, con su sonrisilla seráfica un poquito más acentuada. Con un ápice de ternura y amargura Fulgencia le dice:


Fulgencia: Camine a almorzar, Damiancito...


La criatura se sentó y de todo comió mascando nerviosamente, y no alzó a mirar a Fulgencita ni aun cuando ésta le sirvió la inusitada taza de agua de panela.


Con el último trago le ofreció doña Fulgencia un manojo de tabacos. San Antoñito los recibió y encendió uno y se fue para su cuarto.


Terminada la faena del almuerzo Doña Pacha fue a buscar al protestante, pero cuando entra a la pieza no lo encuentra; no hay nada, ni la maleta, ni el tendido de la cama.


Por la noche llaman a Candelaria al rezo y la muchacha no responde, van a buscarla y no parece; corren a su cuarto, el baúl está abierto y vacío... Todo lo entienden.


(Música)


A la mañana siguiente, cuando Fulgencita arregla el cuarto del malvado, encuentra una alpargata inmunda de las que él usaba; y al recogerla cae de sus ojos, como el perdón divino sobre el crimen, una lágrima nítida, diáfana y entrañable.


Comentarios


Muy bien, queridos oyentes, es hora de hablar al respecto, y tal como lo hicimos en los otros programas dedicados a los autores latinoamericanos, vamos a explorar aspectos de la historia y cómo estos son un reflejo de los tiempos en que el autor vivió.


Nuestro querido autor, Tomás Carrasquilla, nació en 1858 y murió en 1940 en Antioquia, Colombia. Carrasquilla, un hombre muy observador de la vida cotidiana de la gente, encontró inspiración en casi todas partes para escribir sus novelas y cuentos.


En 1920, Luis Tejada publicó su percepción sobre Carrasquilla en el periódico El Espectador, y esto fue lo que dijo:


Cuando Tomás Carrasquilla habla aquí, muchos le tememos un poco, porque quizá somos demasiado débiles para seguirlo en sus aversiones impetuosas, y para identificarnos con sus ideales intransigentes de Vida, de Belleza, de Literatura. Sabemos que nuestras más caras adhesiones intelectuales y nuestras ingenuas creencias se van a disolver ante el ácido mordedor de su discurso. No tenemos el valor ni la libertad espiritual suficiente para resignamos a que el viejo sublime arroje a golpe de látigo los mercaderes de nuestros templos.

Su palabra sacrílega y viva, ahonda como un berbiquí en los conceptos preconcebidos, en las ideas corrientes, en los fetichismos literarios, en las admiraciones clásicas o modernas que todo el mundo siente pero que él desprecia y perfora… Después de todo, y con cierto pesar íntimo, nosotros sentimos que en esas pláticas violentas de Tomás Carrasquilla, hay un principio de justicia sincera, un tremendo sentido de verdad futurista, que nos resistimos a aceptar hoy del todo, quizá porque tácitamente nos sentimos un poco culpables de los pecados que él fustiga, pero que un día reconoceremos en su alcance justiciero, cuando seamos más independientes, y tengamos un valor propio auténtico, si alcanzamos a eso.


Como podemos ver, hay una sensación sobre una sociedad que apenas piensa por sí misma y, por eso, es dócil y cede a sus miedos y, en algunos casos, esto conduce al fanatismo; y de eso se trata exactamente la historia de San Antoñito. Todas esas mujeres piadosas son engañadas, pero no por el joven. Por el contrario, son engañadas por sus propios ideales y devociones. San Antoñito simplemente jugó el papel a la medida y por cuento pudo.


El convulso y hermoso país donde nací, entregado al Sagrado Corazón y a pecar y rezar para empatar, ha estado lleno de contradicciones desde su misma independencia. Desde sus inicios como nación Colombia se involucró en diferentes disputas: ocho guerras civiles y 40 guerras locales. Entonces, si alguien se ha preguntado por qué la actual Colombia parece estar atrapada en este círculo violento de disputas interminables, el problema surgió hace mucho tiempo.


El período posterior a la segunda mitad del siglo XIX, se llamó radicalismo liberal, debido a las medidas algo drásticas tomadas por dicho partido político. Me refiero a que sus medidas fueron tomadas como radicales para los tiempos y la sociedad que él gobernaba.


En el artículo “La Guerra Civil De 1876-1877 En Los Andes Nororientales Colombianos” Edna Carolina Sastoque nos dice que algunos sostienen que la animosidad hacia las leyes y proyectos liberales comenzó su incubación alrededor de la década de 1850. Ocho años antes de que Carrasquilla naciera.


El año anterior, en 1849, el liberal José Hilario López se convirtió en presidente e inmediatamente comenzó a voltear la casa patas arriba.


Entre estas medidas estuvo la Constitución de 1863, que por cierto, fue la primera constitución del país que no comienza con “En el nombre de Dios” pero “En el nombre y por autorización del pueblo de los Estados Unidos de Colombia”.


Esta constitución tenía una posición secular y garantizaba la libertad individual, abolía la pena de muerte y garantizaba la libertad de prensa (nacional y extranjera); y la libertad de expresar opiniones oralmente y por escrito sin temor a ser penalizado.


En este orden de ideas, bajo el liderazgo del presidente José Hilario López, se les dijo a los jesuitas que abandonaran el país, una acción que polarizó la opinión pública.


Este mandato fue reforzado más tarde por otro presidente liberal, Tomás Cipriano de Mosquera, quien por cierto fue presidente cuatro veces. ¿Y por qué reforzó el decreto? Porque otro presidente intermedio restableció el viejo status quo. (El estado antiguo de las cosas).


También mencionaré que durante la presidencia de José Hilario López se terminó la esclavitud, se acabaron los resguardos indígenas, se suprimió el monopolio de tabaco, se estableció el derecho universal al voto y al matrimonio civil. Asimismo, durante su mandato se presentó la idea de que sería bueno expropiar los bienes de la iglesia que los clérigos habían heredados desde la conquista.


Activos que la iglesia había acumulado diligentemente, gracias a las almas fieles que registraron sus bienes a la santa iglesia después de su muerte. Supongo que la idea de estos feligreses era que la sagrada iglesia interviniera por el alma del susodicho para que así el muerto tuviera una grata bienvenida en el paraíso.


El argumento liberal para expropiar los bienes de la iglesia, era que estos eran necesarios para financiar obras públicas y contribuir a la disminución de la deuda externa. Por supuesto que no funcionó. Los ingresos obtenidos de la venta de los bienes sagrados fueron a expandir los bolsillos de aquellos que ya eran ricos. Entonces, la corrupción en Colombia es "más antigua que la moda de caminar a pie" como decimos los colombianos.


Ninguna de estas iniciativas fue bien recibida por las oligarquías y la iglesia. Se sentían muy cómodos con el orden social y económico que imperaba desde la época colonial (los buenos viejos tiempos). Y aunque, el país había obtenido su independencia 31 años antes, la forma tradicional de pensar, los viejos prejuicios y hábitos todavía estaban profundamente grabados en la vida cotidiana de la gente.


En otras palabras, España, como entidad, ya no nos gobernaba, pero su atrasada forma de pensar todavía estaba en el ADN de la élite. Volveremos a este punto más tarde.


En 1870, el gobierno liberal radical de Eustorgio Salgar decretó la ley de educación secular; y para exasperar a la iglesia y sus aliados, se invitó a una misión de tutoría alemana para educar a los maestros en diferentes escuelas públicas en todos los estados. En respuesta, la iglesia peleó y seis años después todavía no había renunciado al control total sobre el sistema educativo.


En consecuencia, cuando Tomás Carrasquilla tenía 18 años, en 1876, estalló otra guerra en el estado del Cauca que se extendió a los estados de Antioquia, Tolima y Santander. Y la llamaron "La guerra de las escuelas".


En Antioquia que fue el estado en el que creció nuestro autor, al parecer la Iglesia Católica le dio a dicha guerra un simbolismo más sagrado. Como otra cruzada.


En el artículo “Obispos, clérigos y fieles en pie de guerra. Antioquia, 1870-1880” publicado por la Universidad Nacional de Colombia, Luis Javier Ortiz, dice que la iglesia de Medellín cerró filas en torno al partido conservador. Estaban tan decididos acerca de su objetivo que incluso desde el Vaticano el Papa intervino para condenar lo que estaban haciendo los liberales. Años antes de la guerra de 1876, el Papa Pío IX escribió en su Syllabus que uno de los errores más grandes del mundo moderno era el liberalismo.


Supongo que Tomás Carrasquilla quizás conoció a algunas personas dogmáticas y fieles que se convirtieron en personajes en su cuento y en sus narrativas.


En consecuencia, muchos concluyeron que la llamada a menudo "La guerra de las escuelas" ocurrió como una respuesta conservadora, en asociación con la Iglesia católica, a los proyectos liberales; especialmente la secularización de la educación que rompería el monopolio que la iglesia tenía sobre el sistema educativo.


Sin embargo, culpar a las iniciativas liberales y la exasperación de los conservadores no pinta el panorama completo. La autora Edna Sastoque comenta que, a nivel nacional, parecía que todas las motivaciones tenían una agenda ideológica y política, pero a nivel local la economía, es decir, el control sobre ciertos cultivos exportables tuvo una fuerte influencia sobre el asunto. Así, ambos combinados llevaron a la guerra de 1876.


Pero la cosa no acaba ahí, en el artículo “Civilización y violencia. La búsqueda de la identidad en la Colombia del siglo XIX” Cristina Rojas nos dice que el asunto fue todavía más complejo que eso.


La autora argumenta que es más fácil entender las múltiples guerras que estallaron en el país durante el siglo XIX, debido a la lucha por establecer la llamada "civilización". Ella sugiere que el período posterior a la independencia de Colombia - en 1819- la élite criolla educada, es decir, de herencia española nacida en el nuevo mundo, deseaba establecer en estas tierras tropicales un espejo de la civilización europea.


A partir de ahí, o mucho antes, surge la idea de que todo lo que fue concebido por una mente blanca es superior.


Por lo tanto, la civilización prevista por los grandes pensadores colombianos debía basarse en las prácticas económicas europeas, las ideas religiosas y educativas europeas, las tradiciones y las formas de vestirse europeas. El sueño de una civilización mestiza significaba la eliminación de todo lo que tenía herencia africana o indígena. ¡Oh! Esos viejos sueños que muchos han creído y repetido como un credo, hasta el día de hoy. Porque entre más blanquito y europeo o americano mejor.


Aunque ambos partidos, liberal y conservador, tuvieron un sueño similar, Christina dice que sus caminos eran bastante diferentes. Los liberales esperaban la soberanía del individuo y una democracia y ciudadanía educadas; mientras que los tradicionalistas esperaban lograr una cultura civilizada a través de la moral cristiana, la educación y el bienestar. En consecuencia, ambos enfoques hacia el mismo objetivo crearon tensiones que según la autora llevaron a la violencia y la guerra.


Sin embargo, a pesar de todos estos ires y venires entre la Iglesia Católica, los conservadores y los liberales, al final ganó la religión católica. Rafael Núñez, el presidente que ideó la novena constitución que duró más de 100 años, pensó que había entendido que el catolicismo era un elemento de estabilidad y cohesión, y lo dejo plasmado en su constitución. En realidad, no, pero aparentemente funcionó por un tiempo.


Y eso es todo por hoy, antes de despedirnos los dejo con un poema del poeta Colombiano Porfirio Barba Jacob, Acurimantima VII


Y mi mano sacrílega se tiñe

de tu sangre, ¡oh Imali, oh vestal mía!

Mas no fue mi ternura, fue un furor...

Si de nuevo, a mis ojos resurrecta,

te pudiese inmolar, te inmolaría.

¿Ya ves, oh Imali, que no fue mi amor?


Gozoso aún y pávido y tremente,

hui a la sombra, la cerrada sombra

que en su mudez acoge las iras y los vértigos.

¡Un hueco en tus entrañas, tierra dura!

¡Soledad, un refugio en tus entrañas!

¡Tu ojo sin vista, lobreguez impura!


Mas la sangre fluía. en chorros de carbunclos.

Ante el cadáver lívido, sin blandones, sin túmulo,

todo estaba sangriento.

—"Asesino", "Asesino" —susurraba y se iba el viento.

En los prados del monte fueron crimen mis huellas.

Como vírgenes desoladas

me bañaron de llanto las estrellas.

En las playas de luz mojadas

di un alarido al ver el mar que hervía;

y huyendo en pos, en pos de la noche que huía,

me ensangrentó la sangre horrible del alba del día.


—"Asesino", "Asesino" —susurraba y se iba el viento.

Y los pastores me negarían sus cabañas.

Las rocas me aplastarían en sus entrañas.

La paz es mi enemigo violento

y el amor mi enemigo sanguinario.

¿Y a qué tu sombra, oh noche del lúbrico ardimiento,

si entre mi corazón ardía el tenebrario?


Viajó mi alma en íntimas pasiones

de Cristos coronados de congojas;

¡el pudor!, ¡el honor entre sayones!

Fui rosa negra de mil rosas rojas

del vicio en las ocultas floraciones...

Mas el azul a mi dolor heroico

abrió su abismo de fulgencias puras,

soles remotos, nébulas, centellas

y estuve opreso por las lumbres de ellas

del hilo de oro de! collar del día;

y un anhelar de espacio dio sus alas

a mi desconcertada poesía.


En la lluvia de gotas de mi sangre,

tras el velo irisado de mis lágrimas,

—vago sueño— sus brumas deshacía,

—vago sueño— mi vaga Acuarimántima.

Y eso es todo por hoy. Mi nombre es Carolina Quiroga-Stultz y Tres Cuentos les aconseja, que comencemos, como latinos, afuera y adentro de nuestros países y comunidades a creer en nosotros mismos. A reconocer nuestra belleza y debilidades y trabajar con ellas, en lugar de continuar comparándonos e importando modelos políticos y económicos que hieren, trastocan y anulan nuestra diversidad, particularidad y grandeza.


Nos escuchamos de nuevo a finales de septiembre, donde le daremos la voz a las narrativas indígenas latinoamericanas.

Hasta el siguiente cuento, adiós, adiós.


Créditos Musicales

1. Sneaky Bass Latina - Jimmy Fontanez/Doug Maxwell/Media Right Producti

2. Church Bell Celebration - Doug Maxwell/Media Right Productions

3. Jesus, meine Zuversicht - Sir Cubworth

4. The Curious Kitten - Aaron Kenny

5. Lost In Prayer -Doug Maxwell

6. The Angels Weep by Audionautix is licensed under a Creative Commons Attribution license (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/) Artist: http://audionautix.com/

7. Missing Pieces - Sir Cubworth

8. Sneaking Up by Audionautix is licensed under a Creative Commons Attribution license (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/) Artist: http://audionautix.com/

9. Brandenburg Concerto No4-1 BWV1049 - Classical Whimsical by Kevin MacLeod is licensed under a Creative Commons Attribution license (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/) Source: http://incompetech.com/music/royalty-free/index.html?isrc=USUAN1100303

10. Chomatic3Fantasia - Classical Rousing by Kevin MacLeod is licensed under a Creative Commons Attribution license (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/) Source: http://incompetech.com/music/royalty-free/index.html?isrc=USUAN1100293 Artist: http://incompetech.com/

11. Gagool by Kevin MacLeod is licensed under a Creative Commons Attribution license (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/) Source: http://incompetech.com/music/royalty-free/index.html?isrc=USUAN1100443

12. Falling from grace – White Hex

13. Waltz To Death - Sir Cubworth

14. 1812_Overture_by_Tchaikosvky

15. Lament (Golden Light)- Devon Church

16. Camaguey by Silent Partner


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